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Robert Guédiguian, síntesis y emoción

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“Las nieves del Kilimanjaro” es, sin duda, un Robert Guédiguian es estado puro. Por la elección de sus actores fetiche (Ariane Ascaride y Jean-Pierre Darroussin), por la narración de su (nada singular, por otra parte) obra en el mismo escenario de siempre y por contar la historia haciendo padecer a sus personajes el peso de una sociedad abocada al sufrimiento laboral.

Se inicia con una escena donde uno observa la realidad de una Europa que se derrumba bajo las llamas del paro. No se puede ser más explícito. El director va directo donde más duele. Desde ahí la sonrisa quedará congelada tras la espalda de sus excelentes actores. Y si uno se da la vuelta la estatua de sal quedará esparcida como el polvo que empaña una Europa demasiado salada de promesas incumplidas. Salpicarla con azúcar hubiese sido lo más fácil, cosa que elude el inteligente realizador.

Aún así, en su última película ha sorprendido muy gratamente, incluso conmovido, que ya es otra cosa muy meritoria. Enreda a Michel y Marie-Claire en una suerte de giro argumental (el robo) que, siempre influenciado por el devenir de un futuro nada esperanzador, les hace presa de un rayo de sol que nunca parece llegar. La angustia ante la vida, la precariedad económica y sobre todo esa esperanza ante la maldad y – sobre todo- ante la justicia se dan la mano en esta obra magna de 2012. Las sombras de su cine se alargan aquí, en una historia más compleja que en películas anteriores del realizador.

Guediguian es un director, actor, productor y guionista francés que hace películas francesas. Y de aquí se engordan las vacas flacas de su cine. Rumiando las conversaciones de su última película, que una y otra vez vuelven a la memoria haciendo de ésta algo perdurable. Y como no tiene unos medios que la hagan adornar su cine eminentemente francés, parece pasar desapercibida, a escondidas entre ruidos y estallidos de cine menos perenne.

El cine de Guédiguian es francés. Y ese cine a veces es muy intelectual, muy “nouvelle vague”, muy dialéctico, y los personajes hablan y hablan mientras las vacas pastan alrededor. Pero en este cine de Guediguian se palpan la síntesis de las obras mayores, donde uno puede percibir que las metáforas son fáciles de digerir. Donde las ideas vuelven a la mente y se repiten en escenas dulces, como los rostros de sus dos protagonistas principales, donde aún existe la felicidad, a pesar de todo lo que les puede caer encima.

No es poco que el cine de Guédiguian sea francés y las señas de identidad de su cine se vean desde el primer fotograma. Porque crea un sello que deja una huella entre papeles que se pueden releer una y otra vez y que tienen, como esa buena lectura, las ganas de volver tras sus pasos.

Todo en “Las nieves del Kilimanjaro” parece sencillo, simple, llano y locuaz. ¿Qué es si no, la escena donde el matrimonio compara la gente de la playa con animales que hubiesen visto en unas vacaciones frustradas?. Elogio de la sencillez, sobresaliente puesta en escena del ingenio.

Y así se llega más fácil a emocionar. Desde el camino más corto. Sin rodeos, de Robert Guédiguian esperábamos su gran obra; y ha llegado. El cine francés ya cuenta para este 2012 con una obra de referencia. Muy grande.

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