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Ballet Argentino/Igor Yebra-"Felicitas"-Teatro Compac Gran Vía (Madrid)

Felicidad arrebatada

Programa: “Felicitas”.
Dirección artística: Julio Bocca.
Coreografía: Ana María Stekelman.
Bailarines principales: Igor Yebra (Bailarín Estrella del Ballet de la Ópera de Burdeos), Cecilia Figaredo y Raúl Candal.
Ballet Argentino: Lucas Segovia, Victoria Balanza, Benjamín Parada, Lucas Oliva, María Eva Prediger, Jonatan Lujan, Marisol Alonso, Lara Delfino, María Fernanda Colmegna, Óscar Escudero, Emiliano Falcone, Georgina Giovannani, Valentín Fernández, Soledad Drago y Federico Fernández.
Tamboreros del Río de la Plata: Augusto Argañaraz, Nahuel Conte, Mariano Domínguez, Ezequiel Donnianni, Ramiro Fernández y Julio Morales.
Lugar y fecha: Teatro Compac Gran Vía (Madrid), 28 -Junio-2008.



A medio camino entre la ficción y la realidad, la obra “Felicitas” narra el trágico destino de Felicitas Guerrero (Cecilia Figaredo), una joven porteña decimonónica de la alta sociedad criolla enfrentada a su sino, debido al amor enfermizo de Enrique Ocampo (Igor Yebra). La historia se sitúa en 1860, cuando se produce el primer encuentro entre ambos, aunque ella se desposa con otro; continúa en 1872, cuando la protagonista abandona el luto, iniciado por el fallecimiento de su marido Martín Alzaga y su hijo Félix, a consecuencia de una epidemia, y conoce a Samuel Sáenz Valiente, su nuevo enamorado, y rechaza otra vez a Enrique; y finaliza en 1950, en el lugar donde se alza una iglesia en memoria de Felicitas, asesinada por un despechado Enrique (30-Enero-1872), en cuyo atrio anudan pañuelos las mujeres con penas de amor en su alma. Con noventa minutos de duración, dos actos – prólogo+cuatro escenas/ cinco cuadros+epílogo-, el espectáculo “Felicitas”, dirigido por Julio Bocca, vuelve a prolongar las notas características del estilo coreográfico y narrativo de Ana María Stekelman, ya expuesto en anteriores obras como “Adiós, hermano cruel”: coreografía al servicio de la narrativa, apoyo visual multimedia y, sobre todo, ese gusto por la tragedia universal, aunque, en esta ocasión, con tintes nacionales argentinos. El joven elenco del Ballet Argentino secundó con gran corrección el gran trabajo de los protagonistas, cuyo triángulo principal se centró en la soberbia y pérfida interpretación de Igor Yebra, la gimnástica danza de Cecilia Figaredo y la sobrecogedora entrega de Raúl Candal en el rol de la Muerte.



La percusión de los Tamboreros del Río de la Plata da la bienvenida al espectáculo para hacer vibrar al público con una colorista fiesta de carnaval en el barrio de Barracas, en 1950. La diversión da paso a un tumultuoso desenlace; a partir de ahí, en un práctico flashback, se inicia la narración del amor patológico de Enrique por la joven Felicitas, quien acepta casarse con Martín. Especialmente interesante resulta la escena del despechado enamorado, consumido por la desesperación y entregado a los vicios mundanos del opio y las prostitutas. Aquí, Igor Yebra vuelve a mostrar sus grandes cualidades como intérprete, en este caso, lleno de desamor, celos y mal carácter. Pero realmente estremecedora es la Muerte (Raúl Candal), reclamando sin clemencia al marido e hijo de Felicitas, cuadro con el que se finaliza la primera parte. Durante el segundo acto, el dúo entre Yebra y Figaredo, cuando éste, en la piel de la protagonista, rechaza una vez más a su platónico enamorado, es de gran intensidad, sobre todo, por el desenlace del mismo, con el que el bailarín bilbaíno se aleja de sus clásicos papeles de príncipe bienintencionado. Para finalizar, se cierra el círculo y nuevamente, hay una explosión de alegría carnavalesca, mientras jóvenes despechadas purgan sus males de amor, anudando un pañuelo en la iglesia en memoria de Felicitas. A lo lejos, vaga el espíritu errante de una dama de blanco, que llora perpetuamente las penas de amor. Pero este gran drama con tintes de telenovela porteña no deja malas vibraciones en el público asistente, pues los Tamboreros del Río de la Plata, prestos, forman un pasillo en el hall de entrada, para animar con su buen ritmo al público, aún con una furtiva lágrima en su cara, porque no hay nada más universal y humano que una historia sobre la felicidad arrebatada.






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