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Bendito Fray Lorenzo

Programa:”Romeo y Julieta”.
Compañía: Les Ballets de Monte-Carlo.
Dirección y coreografía: Jean-Christophe Maillot.
Bailarines: Bernice Coppieters (Julieta), Chris Roelandt (Romeo), Gaetan Morlotti (Fray Lorenzo), Gioa Masala (Lady Capuleto), Asier Uriagereka (Teobaldo), Samantha Allen (Niñera), Ramón Gomes Reis (Mercutio), Rodolphe Lucas (Benvolio), Jérôme Marchand (Paris), Francesca Dolci (Rosalinda).
Música: Sergei Prokofiev.
Escenografía: Ernest Pignon-Ernes.
Evento: 64 Quincena Musical.
Lugar y fecha: Auditorium del Kursaal, 21-Agosto-2003.

Los Ballets de Monte-Carlo recalan de nuevo en Donostia, tras su exitoso paso en octubre de 2001 con la obra “La Cenicienta”, dentro de la programación de danza de la 64 edición de Quincena Musical. En esta ocasión, el coreógrafo francés Jean-Christophe Maillot presentó en el Auditorium donostiarra su particular versión del clásico shakesperiano “Romeo y Julieta” (estrenado en la Ópera de Monte-Carlo, 23-Diciembre-1996), una obra con más de doscientas representaciones a sus espaldas, cuya principal originalidad consiste en dotar de mayor protagonismo al rol de Fray Lorenzo, quien, como manipulador de una marioneta, dirige los hilos argumentales con el rigor de un realizador cinematográfico. De hecho, Maillot plantea una visión que le debe mucho a los recursos del 7º arte: títulos de crédito al inicio, cámara lenta, cierre en negro...Ballet en tres actos, de dos horas de duración, sobre la partitura de Sergei Prokofiev y con una pulcra escenografía de Ernest Pignon-Ernes, donde destacó la elegancia de Bernice Coppieters como Julieta, frente a la asepsia de su partenaire, la pasión de Asier Uriagereka encarnando al fiero Teobaldo y, sobre todo, la sabiduría dancística de Gaetan Morlotti, soberbio en el papel de Fray Lorenzo, enigmático hilo conductor de toda la trama. Y con todos esos ingredientes, la respuesta del público, encantado sufridor del drama amoroso de Shakespeare, se tradujo en aplausos para premiar el limpísimo trabajo de la compañía monegasca.

Jean-Christophe Maillot, en su carrera coreográfica, ha demostrado su interés por los clásicos (“La Cenicienta” o “Cascanueces”). Trabajar sobre una obra perenne de la historia del ballet conlleva dos posibles actitudes: la primera, realizar una lectura sumamente vanguardista y trasgresora, es decir, la ruptura con el clásico; la segunda, respetar en exceso la integridad del libreto, es decir, una línea continuista con la obra original. Maillot, en esta situación, focaliza la trama en un personaje casi desdibujado en la lectura tradicional: el religioso que une a Romeo y Julieta en matrimonio, con la esperanza de juntar en ese vínculo a los Capuleto y Montesco, limando así sus asperezas. Incluso el propio enlace de los cónyuges, a través de una cinta de Moebius- emblema de la unión indestructible, infinita y del eterno retorno- adquiere los tintes simbólicos de la trascendencia del acto. Además, el coreógrafo galo juega con dos dimensiones de la obra shakesperiana: drama y comedia, en constante pugna, hasta que el componente dramático se va adueñando de la historia. De hecho, conforme va avanzando el ballet adquiere mayor presencia el elemento dramático: ese amor no tendrá un final feliz. Culpable, ¿el azar?. Sea como fuere, la inquietante presencia de Fray Lorenzo (Gaetan Morlotti), ese personaje ataviado de negro y blanco- ¿dualidad cromática, quizás?-, una figura enigmática con sus movimientos preciosistas en un tempolento, adoptando casi el papel de testigo privilegiado-fuera y dentro de la trama, a un mismo tiempo-, a excepción de la celebración de la ceremonia matrimonial, hecho que catalizará la acción, constituye una aportación feliz de Maillot a su “Romeo y Julieta”. Además, el director-coreógrafo de Les Ballets de Monte-Carlo se adapta a ritmo de los tiempos, al adoptar recursos del lenguaje cinematográfico (ralentización del movimiento o careta de entrada con los títulos de crédito), quitando de esta manera cierto apolillamiento presente en todo vetusto clásico.

La maestría en la ejecución de su rol sobresalió por todos y cada uno de los poros de Bernice Coppieters, representando a una Julieta madura, lejos de la estereotipada imagen pueril de la enamoradiza fémina. Frente a una Julieta rica en matices interpretativos, Romeo (Chris Roelandt) se mostró ausente, escaso y nimio en su actuación. La insipidez personificada ni siquiera adornado por el edulcorado enamoramiento de su rol. Junto a Coppieters, sobresalió hasta traspasar los límites físicos del escenario Asier Uriagereka, cuerpo y alma de Teobaldo, primo de la almibarada heroína. Gran interpretación del bailarín vasco, quien sintió, padeció y, sobre todo, bailó con entregada pasión en el papel del pendenciero Capuleto. Y como no, inmenso Gaetan Morlotti, administrando su saber escénico en beneficio de Fray Lorenzo, y de todos los espectadores, por extensión. Les Ballets de Monte-Carlo, en su conjunto, componen una compañía de alto nivel dancístico, buena calidad técnica y depurada ejecución. Por ello, todo el elenco de bailarines principales estuvo arropado por el resto de la compañía monegasca, dando buena nota al espectáculo en su totalidad. Sirva de ejemplo la turbadora escena del baile en casa de los Capuleto, donde el cuerpo de baile se adueñó de la escena, bajo los sones de la inquietante música de Prokofiev. Una muestra de la calidad interpretativa de los monegascos.

“Romeo y Julieta”, inmortal obra de Shakespeare, se apoderó del Auditorium del Kursaal, gracias a la colaboración de Les Ballets de Monte-Carlo, bajo la dirección coreográfica de Jean-Christophe Maillot. Con una versión cuyos principales alicientes consisten en una mayor presencia argumental del religioso Fray Lorenzo (Gaetan Morlotti) y en acertado empleo de la técnica cinematográfica, la compañía monegasca hizo un gran trabajo en la recreación del drama amoroso de Verona, en medio de unos escenarios, sabiamente funcionales y simbólicos en el plano cromático (negro y blanco, en contraposición), creados por Ernest Pignon-Ernes, y todo ello, sobre la turbadora partitura de Prokofiev. Brilló Bernice Coppieters, encarnando a una danzarina Julieta, con una suave técnica y elegantes movimientos, gustó el bailarín vasco Asier Uriagereka en su entregada interpretación del camorrista Teobaldo y entusiasmó la límpida y silenciosa presencia de Gaetan Morlotti. Con la satisfacción de haber colgado el cartel de ‘no hay entradas’ en las dos representaciones-20 y 21 de Agosto- de Les Ballets de Monte-Carlo, la 64 edición de Quincena Musical, que ha asumido este año el reto de introducirse en labores de producción (“El amor brujo”, Cía Rafael Amargo), cumple con creces con su devoción por la danza, en un certamen presuntamente dedicado a la música, que, sin embargo, no olvida a los balletómanos. Además, ambas obras- “El amor brujo” y “Romeo y Julieta”- tratan el más universal de los temas: el Amor. ¿Habrá un mensaje subliminal?

Iratxe de Arantzibia




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