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Carmen, rebelde e inmortal
Programa: “Carmen, Carmela”.
Coreografía: Antonio Canales.
Dirección escénica: Miguel Narros.
Bailaores: Lola Greco (Carmen), Antonio Canales (Don José) y Diego Llori (Escamillo).
Adaptación musical: Juan Víctor Rodríguez.
Músicos: Daniel Méndez y Paco Iglesias (guitarra)/ Herminia Borja y Antonio Suárez ‘Guadiana’ (cante)/ Antón Suárez y Lucky Losada (percusión).
Escenografía: Andrea D’Odorico.
Iluminación: Sergio Spinelli.
Vestuario: Tony Benitez y Cornejo.
Lugar y fecha: Teatro Principal (Donostia- San Sebastián), 20-Julio-2004.
¿Cuál es el duende de Carmen que, noche tras noche, embruja a artistas de diferentes ámbitos creativos? ¿Por qué el espectador, conociendo el trágico final de la cigarrera de Ronda, se dispone a vivir, vibrar, sufrir e incluso llorar por el destino de la rebelde gitana? Cada noche muere una Carmen, al tiempo que renace otra de sus cenizas como ave fénix, pero todas ellas tienen en común su ansia de libertad y su rebeldía frente al status quo de la mojigata sociedad en la que viven. Sorprende a priori que tan magnífico retrato del alma femenina en rebeldía con castizo acento andaluz proceda de la pluma del escritor galo Próspero Mérimée y se traduzca en la también francesa partitura de Georges Bizet. Pero sorprende menos que, a estas alturas de su carrera profesional, el coreógrafo y bailaor Antonio Canales, con la ayuda de Miguel Narros en la dirección, haya decidido interpretar bajo su prisma a la inmortal Carmen, porque, señores, la gitana cigarrera, pese a una certera cuchillada o a una infalible bala, siempre seguirá viva en cada mujer que se rebele contra su sino. Carmen, ese juguete del destino, que gana la partida a la providencia, al apostar con cartas trucadas su vida por su libertad.
“Carmen, Carmela”, título con una clara reminiscencia andaluza, es un espectáculo elemental en su planteamiento, al reducir la trama al triángulo principal –Don José, Carmen y el torero Escamillo- pero construido con gran solidez narrativa. Con 14 pequeños actos de hora y media de duración, el montaje de Canales toma elementos del lenguaje cinematográfico, siendo la estructura de flash back la aportación más evidente. Comienza y finaliza el espectáculo con Don José, roto de dolor, arrastrando el cuerpo de Carmen, mientras el tañido mortecino de las campanas realzan el dramatismo de la situación. Más interesante resulta la sabia síntesis estilística del creador sevillano en su vocabulario coreográfico. Su contacto con otras ramas de la danza –clásico o contemporáneo- y con leyendas como Rudolf Nureyev, Maia Plisetskaya o Carla Fracci, han dejado en él un poso que fluye en su actual danza de madurez. Figuras contemporáneas, grand pliesclásicos, arabesques…, todos ellos elementos que mixtifican la pureza de la danza flamenca de Canales, sin embargo, le dan un brío nuevo, de una savia renovada, de una nueva vida al ancestral baile gitano.
La bailaora Lola Greco encarna con refinamiento, fuerza y arrolladora vitalidad a una Carmen divertida, sensual y magnética. Por sus venas fluyen los genes de José Greco y Lola de Ronda, que la convierten en la mujer racial, enérgica y decidida óptima para corporeizar a Carmen, atributos que no hacen desmerecer su talento dancístico. Inmensa Lola, junto a un gigantesco Diego Llori en el papel del torero Escamillo. Llori arrancó los primeros aplausos de la noche, tras marcarse una farruca. Dicen de él que por sus poros aflora un flamenco estructuralizado, y, ciertamente, el bailaor jienense de elegante porte, trabaja sobre el escenario con una pureza flamenca, administrada de forma pulcra. Disecciona Llori el tablao del Teatro Principal y suministra pequeñas dosis de talento hasta la explosión final. Y sobrevolando los talentos de Greco y Llori, el genio de Canales se plasma en la personificación de Don José, el otrora miliciano, ahora inspector de policía, que mantiene duelos dancísticos tanto con Lola Greco como con Diego Llori. Rol de tintes dramáticos, con algún pequeño monólogo, muestra a un Antonio Canales maduro en experiencias escénicas, tanto como para saber cuándo y cómo emplearse a fondo de cara a obtener el rotundo y cálido aplauso del público.
Otro elemento destacado del montaje es la versión flamenca de la ópera de Bizet, esfuerzo realizado por Juan Víctor Rodríguez. Sin duda, la composición original del músico galo dota de unos tintes grandilocuentes a la obra, pero es el sabor añejo del flamenco de Rodríguez el que contribuye a crear una atmósfera de mayor autenticidad. Por su parte, la escenografía de Andrea D’Odorico resalta la dualidad cromática del drama: negro luto y rojo sangre. Frente a ellos, la rebeldía de Carmen o ¿el capricho de Lola? Unos zapatos verdes acompañan a la gitana en la escena mortal. ¿Esperanza, rebeldía u homenaje lorquiano -”Verde que te quiero verde” diría el poeta granadino-?
El bailaor y coreógrafo sevillano Antonio Canales cumplió su deseo de construir una Carmen sencilla, desnuda, sin oropeles. La simplificación narrativa, encuadrando únicamente a los tres actores principales de la trama –Carmen, Don José y Escamillo- redunda en una mayor fuerza pasional del montaje, desprovisto de líneas argumentales vacuas. Magníficas las interpretaciones de Lola Greco como Carmen y Diego Llori en el papel de Escamillo, mientras que Canales estuvo más comedido en la administración de su arte. Todo ello unido a la recreación de la ópera de Bizet con coro y cuatro guitarras españolas, en un escenario poderosamente rojizo, crearon el marco necesario para esta “Carmen, Carmela”. Sin embargo, la noche del martes 20, había un espectador más convidado en el donostiarra Teatro Principal: era el sentimiento de pérdida del maestro Antonio Gades. Canales, quien horas antes del fatal desenlace le había definido como un dios, un maestro de la danza, depositó una flor en una butaca de la fila 7, en su memoria. Por eso, esta función fue diferente, porque el maestro Gades se había vuelto inmortal como su obras “Bodas de sangre”, “Carmen” o “Fuenteovejuna”.
Iratxe de Arantzibia
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Iratxe de Arantzibia
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