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Filosofía de bolsillo,
Título: "En la soledad de los campos de algodón".
Autor: Bernard Marie Koltés.
Compañía: L´Om-Imprebís.
Reparto: Carles Montoliú (El dialer) y Sandro Cordero (El cliente).
Dirección: Michel López.
Versión: Michel López y Santiago Sánchez.
Escenografía: Dino Ibáñez.
Iluminación: Rafael Mojas y Féliz Garma.
Fecha: 11 de Julio de 2001.
Lugar: Kultur Etxea de Egia.
Arranca sin tapujos esta VIII Feria de Teatro de Donostia con la propuesta de los valencianos L´Om Imprebís sobre el texto del controvertido Kolté, un teatro en estado puro, demasiado puro diría yo.
Sin presentaciones, sin preámbulos, sin aproximaciones al público, como el toro al saltar a la arena, los dos personajes irrumpen en escena para enzarzarse rápidamente en un denso pulso dialéctico. El espectador ha de discurrir varios minutos para adivinar por dónde van los tiros. No vale despistarse ni un instante, pensar en la frase anterior, recrearse en las dotes de los actores porque pronto te lanzan un huracán de axiomas, pensamientos enrevesados, o tratados filosóficos de bolsillo. Asperos y exigentes, lo cierto es que los diálogos sostenidos por Montoliú y Cordero son sublimes y le hacen a uno replantearse el valor de las palabras, porque "En la soledad de los campos de algodón" es una obra virtuosa y preciosista que nos invita a jugar con el lenguaje. Y el combo actoral cumple con nota en el capítulo interpretativo, en la difícil misión de hacer comprensible la ya de por sí ambigua comunicación entre ellos (para quien quiera más que lea a Fernando Pessoa). Estos seres que epidérmicamente pudieran parecer polos opuestos, convergen en realidad en conceptos comunes, se reconocen como alter ego y se complementan. ¿ Por qué ? Por la vieja cuestión de la oferta y la demanda, porque siempre hay alguien dispuesto a darte lo que en cada momento precisas, cueste lo que cueste, idea que Koltés nos cuenta con una poderosa mezcla de lirismo y pensamiento, haciendo Michel López la ardúa labor de masticarnos el texto para mejor digestión.
La concepción escenográfica es realmente acertada y sin necesidad de grandes artificios ni complejas programaciones luminotécnicas logran una atmósfera penumbrosa, desnuda y a la vez íntima y recogida, lugar idoneo para el trapicheo de palabras que se traen entre manos estos encontradizos personajes.
No he terminado de entender el propósito de esos tres minutos puestos a modo de intersticio en el ecuador de la obra, a no ser la necesidad de echar mano de la botella de agua para hacer frente al sofocante calor de la sala, consiguiendo de paso hacer perder la concentración a los espectadores y fastidiando un poco el ritmo del conjunto.
El trabajo es meritorio y encomiable por lo que tiene de arriesgado pero no necesariamente recomendable para todos los públicos por el esfuerzo intelectivo que se exige al consumidor final. El que no quiera pensar está a tiempo de cambiar de plan.
David Román
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David Roman Loinaz
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