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Forever young
Programa:”Pink Floyd Ballet”.
Piezas: “Run like hell”, “Money”, “Is there anybody out there?”, “Nobody home”, “Hey you”, “One of these days”, “Careful with that axe Eugene”, “When you’re in”, “Obscured by clouds”, “The great gig in the sky”, “Echoes”, “Run like hell”, “Echoes” y final.
Compañía: Asami Maki Ballet Tokio.
Coreografía: Roland Petit.
Director artístico: Kyozo Mitani.
Bailarines invitados: Isabelle Ciavarola y Benjamín Pech (Ballet de la Ópera de Paris), Sylvain le Hersan, Raimondo Rebeck y Altsankhuyag Dugarai.
Bailarines: Tamiyo Kusakari, Yuko Tanaka, Naomi Hashimoto, Manami Yoshioka, Yuko Kasai, Kika Aoyama, Yukiko Ito, Asami Kushikata, Wakaba Tateno, Sayaka Okuda, Miyako Kobashi, Nami Tsukamoto, Hiromi Kato, Yuko Watanabe, Megumi Kaibara, Yoko Takeshita, Hitomi Sakanashi, Kanako Matayoshi, Makiko Yamanaka, Akiko Kaihoh, Ken Kikuchi, Tomohiko Henmi, Wataru Tsukada, Anton Kei Hosaka, Yuya Kon, Shao Zhi Yun, Satoshi Akiyama, Takahito Ito, Kenzo Muto, Taichi Tokunaga, Takahiro Kasahara, Tetsuya Nakashima, Toshiyuki Yorita, Chirai Sakatsume, Ikuru Hosono, Ryoichi Ishida, Chiharu Kiyotaki.
Música: Pink Floyd.
Evento: XV. Festival Le Temps d’Aimer.
Lugar y fecha: Gare du Midi (Biarritz), 12-Septiembre-2005.
El creador Roland Petit (Villemoble, 1924) fue el protagonista indiscutible de la velada ofrecida por el Ballet Asami Maki de Tokio, dentro de la decimoquinta edición del festival “Le Temps d’Aimer”, celebrado en la localidad vascofrancesa de Biarritz. Y eso que el célebre coreógrafo galo ni siquiera asistió a la actuación de la formación nipona. Sin embargo, su ballet “Pink Floyd” (1972), con música de la conocida banda de rock, demostró aquello de “los viejos rockeros nunca mueren”, porque, pese a sus más de tres décadas, la obra conserva su contemporaneidad como un talismán preciado. Los bailarines principales del Ballet de la Ópera de Paris Isabelle Ciavarola y Benjamín Pech completaron el elenco integrado por cerca de cuarenta intérpretes del Ballet Asami Maki de Tokio. Con su característico lenguaje neoclásico, Petit construye una obra-divertimento muy asequible de ver: fácil por su música nada estridente, sencilla por su danza clásica, agradable por la correcta interpretación del conjunto japonés. ¿Qué más se le puede pedir a una velada de danza? Y si tras hora y media de actuación, el público obsequió con cinco minutos de cálidos aplausos, a lo que la compañía respondió con un extenso bis, ¿alguien duda del éxito de Roland Petit, pese a su ausencia?
La danza butoh es el referente mayoritario de Japón dentro del mundo de la danza. Sin embargo, es gratificante poder disfrutar de otras compañías niponas cuyos intereses van por otros derroteros. En este caso, la agradable sorpresa vino de la mano del Ballet Asami Maki de Tokio. Dos son los ejes que orientan la actividad de esta formación, desde que Akiko Tachibana y su hija Asami Maki la fundaran en 1956. Por una parte, animar al público japonés para que descubra la magia del ballet. Por otra parte, colaborar con artistas de renombre internacional. De ahí nace el interés de la compañía nipona por contar con coreógrafos y bailarines exitosos en los escenarios mundiales. Sin embargo, Roland Petit es un creador reacio a prestar sus obras a otras formaciones de ballet. No obstante, seducido por el nivel técnico y artístico del Ballet japonés de Asami, decidió confiar en él. Fruto de esta relación privilegiada, el coreógrafo galo realizó un remake de su obra setentera “Pink Floyd”. Para este pequeño ajuste temporal, el creador francés concibió un pas a deux sobre la partitura de la canción “Great gig in the sky”, interpretado por los primeros bailarines de la Ópera de Paris Isabelle Ciaravola y Benjamín Pech. Con todos estos ingredientes, ya se preveía que la actuación del Ballet Asami Maki sería uno de los platos fuertes de la decimoquinta edición de “Le Temps d’Aimer”. Buena prueba de ello es que el teatro Gare du Midi de la localidad vascofrancesa de Biarritz presentaba un aforo muy cuantioso y eso que era un lunes laborable.
El programa “Pink Floyd” se divide en catorce escenas, correspondientes a otras tantas canciones del grupo de rock. Carente de escenografía, los únicos efectos desplegados en alguna pieza fueron una densa capa de humo y, sobre todo, una estudiada iluminación. Además estos elementos, destaca la sobriedad de la puesta en escena y el blanco inmaculado de las mallas de los bailarines. Pero lo que realmente sobresale es la danza pensada por Roland Petit. Elegante, académico y depurado, el lenguaje dancístico del francés es pulcro, limpio y riguroso. De corte neoclásico, el vocabulario de Petit está plagado de arabesques, pirouettes y piqués para las féminas, y de saltos y tours para los chicos. Por otra parte, el creador galo da muestras de su maestría tanto en solos, dúos o tríos, como en escenas multitudinarias. En este sentido, habría que destacar “One of these days” que reunió sobre el escenario a 32 bailarines, divididos en cuatro filas. Pequeñas imprecisiones aparte, gustó mucho esta pieza, construida como un cuadro de un musical, en el que las filas se mezclan, separan y reúnen en una especie de chorus line. El conjunto es una imagen impactante, con la treintena de bailarines desgranando pasos acompasados y milimétricos. Una bella estampa que el Ballet de Asami Maki ofreció como propina. Destacar, por otra parte, el referido dueto Ciaravola-Pech en “The great gig in the sky” de gran lirismo, el magnífico solo inicial de Ken Kibuchi y la escena de breakdance con los estupendos Slyde, Amala, Fish D Kompo, Dara Wave y Kiriko.
El Ballet Asami Maki de Tokio apostó sobre seguro al llevar a Biarritz el programa “Pink Floyd”, un ballet-divertissement firmado por el gran coreógrafo francés Roland Petit. El efecto fue el esperado: patio de butacas a rebosar, público dispuesto a entretenerse con la propuesta liviana de los japoneses y aplausos por doquier. El espectáculo ofreció al amante de la danza la posibilidad de reconciliarse con el ballet de cuño clásico, bien ejecutado y nada pretencioso en su planteamiento. El placer del movimiento con derecho propio, lejos de argumentos sórdidos o banales, según el caso. Sin grandes premisas intelectuales, la obra cumplió con su cometido. Por eso, la propuesta “Pink Floyd” sigue siendo válida, después de sus 33 años de vida. Aunque el maestro galo le haya hecho un pequeño lifting para rejuvenecerla, su principal activo es su elegante contemporaneidad. Ya lo dice el tango, ‘treinta años no son nada’, o ¿eran veinte?
Iratxe de Arantzibia
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Iratxe de Arantzibia
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