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La magia de Drosselmeyer

Programa: “Cascanueces”.

Compañía: Ballet Biarritz.

Coreografía: Thierry Malandain.

Bailarines: Véronique Aniorte, Camille Aublé, Giuseppe Chiavaro, Annalisa Cioffi, Fréderik Deberdt, Gaël Domenger, Roberto Forléo, Cédric Godefroid, Mikel Irurzun del Castillo, Silvia Magalhaes, Arnaud Mahouy, Christopher Marney, Miguel Pla Boluda, Magali Praud, Rosa Royo y Natalie Verspecht.

Música: Piotr Ilich Tchaikosky.

Escenografía y vestuario: Jorge Gallardo.

Iluminación: Jean-Claude Asquié.

Lugar y fecha: Auditorio del Kursaal, 1- Diciembre-2005.



El Auditorio del Kursaal acogió el cuento navideño del “Cascanueces”, una revisión del clásico balletístico realizada por Thierry Malandain, que fue interpretada con solvencia por el Ballet Biarritz. Sobre la primera versión que elaboró el coreógrafo francés, vista en el añorado Teatro Victoria Eugenia (22-Enero-2000), Malandain ha añadido modificaciones sustanciales, haciendo de la obra un auto-remake con mejores resultados que su primera versión. Al igual que su predecesora, incluye como innovación el denominado ‘Cuento de la Nuez Dura’, pero este “Cascanueces” es una fruta madura en la trayectoria profesional de Malandain. El elenco de intérpretes demostró una excelente técnica dancística, destacando, sobre todo, Giussepe Chiavaro, en el rol dual de mago y anciano Drosselmeyer. El lenguaje neoclásico dominó el aspecto coreográfico, aligerado con algunos matices contemporáneos, y, sobre todo, obviando la acartonada pantomima clásica. Sin ofrecer grandes novedades estilísticas, el compendio de todos los elementos –interpretación, iluminación, escenografía y vestuario- confluyó en el disfrute mayoritario del ballet navideño por definición. El patio de butacas, repleto de público infantil, quedó en su mayoría seducido por este espectáculo equilibrado de Ballet Biarritz.



Ernesto Teodoro Amadeo Hoffman (1776-1822) escribió a comienzos del siglo XIX el cuento “Cascanueces y el Rey de los Ratones” (1819). La obra aborda las ilusiones de infancia y la oscuridad del inconsciente. En víspera de Navidad, el señor Stahlbaum da una fiesta para sus hijos –María y Federico-, a la que está invitado el señor Drosselmeyer, quien regala un cascanueces en forma de soldadito a la niña. Furioso, su hermano rompe el juguete, pero Drosselmeyer lo arregla. Ya de noche, María sueña con que los juguetes cobran vida y luchan encarnizadamente contra el rey de los ratones y su séquito. Finalmente, Drosselmeyer –enigmático personaje, mitad anciano, mitad mago- proporciona una vela a Maria, con la que ahuyenta a los roedores. La niña sueña con el Cascanueces convertido en un príncipe- quizás una plasmación de sus deseos y miedos a madurar-. De esta forma, el ballet se convierte en un divertissement, trufado de coloristas danzas de carácter. Al amanecer, María se da cuenta de que todo ha sido un sueño.



Desde que se estrenó en el Teatro Marinsky de San Petersburgo (5-Diciembre-1892), la coreografía de Lev Ivanov, con libreto de Marius Petipa y partitura original de Piotr Ilich Tchaikosky, se ha convertido en una apuesta segura en cualquier programación navideña. Además, posee muchos elementos atractivos para el público infantil. Para no transgredir en exceso, la revisión del coreógrafo galo Thierry Malandain resulta conceptualmente muy respetuosa con el espíritu del original. En el aspecto narrativo, añade la salvedad del ‘Cuento de la Nuez Dura’, pero sigue las grandes líneas maestras del libreto de Petipa. En el plano coreográfico, los pas a deux salpican las escenas corales, sin olvidar la reinterpretación de las danzas de carácter, un poco más liviana que en el original. Sin embargo, la marca diferenciadora del “Cascanueces” del Ballet Biarritz se encuentra en el vocabulario dancístico empleado por Malandain. El creador francés, conocido amante del ballet clásico, va afianzando su apuesta por el lenguaje de corte neoclásico, sin grandes estridencias. En algunos momentos, parece hallarse cerca del estilo de Jean-Christophe Maillot, coreógrafo-director de los Ballets de Monte-Carlo. La escenografía de tipo geométrico, así como la importancia otorgada a la iluminación, aproximan levemente el trabajo de la compañía francesa al de la formación monegasca.



Otro rasgo en común entre Malandain y Maillot es el gusto por versionar clásicos, introduciendo como innovación la reinterpretación de los roles. Mientras que Maillot otorga más relevancia a fray Lorenzo en “Romeo y Julieta”, Malandain confiere más protagonismo a Drosselmeyer en detrimento de la pareja María-Cascanueces. De esta manera, el personaje dual de Drosselmeyer –mago versus anciano- soporta sobre sus espaldas gran parte del peso de la obra del Ballet Biarritz. Por ello, el coreógrafo galo confía en un clásico de la formación vascofrancesa: el bailarín Giussepe Chiavaro, curiosamente, el único superviviente del elenco participante en la actuación en el Teatro Victoria Eugenia en 2000 (también estaba prevista la interpretación de Nathalie Verspecht, quien fue sustituida en la función del Kursaal). Chiavaro parece llevar toda la vida en el Ballet Biarritz. Por ello, ha metabolizado a la perfección el estilo de Malandain. Desde sus primeras interpretaciones muy afectadas y manieristas, hasta este Drosselmeyer limpio, preciso y estilizado, median muchos años trabajando en la formación vascofrancesa. Ahora, Chiavaro ha ganado en pulcritud en la ejecución de su danza, convirtiéndose por derecho propio en el protagonista del “Cascanueces”. Quizás debería dotar de mayor sentimiento a su Drosselmeyer, a veces, de una precisión un tanto aséptica. Pero el encanto de este personaje eclipsa al resto del elenco, que pecó de leves asimetrías, pese a su óptima técnica. El espectáculo, dividido en dos actos y con una duración de hora y media, gustó al público asistente, seducido por la magia del “Cascanueces”.





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