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Nicotina y libertad
Programa: “Carmen”.
Coreografía: Ramón Oller.
Compañía: Metros-Ramón Oller.
Intérpretes: Sandrine Rouet (Carmen), Jesús de Vega (Don José), Escamillo (Rubén Olmos), María Cabeza de Vaca (Micaela), Susana García (Manuela), Mari Carmen García (Gitana), Joana Rañe y Sonia Martínez (trabajadoras), Javier García, Lluis Pascual, Yannick Badier, Vincent Colomes (mozos).
Música: Georges Bizet y Martirio.
Iluminación: Gloria Montesinos.
Lugar y fecha: Auditorio del Kursaal, 24 de Febrero.
La Compañía Metros volvió a los escenarios donostiarras para presentar su nuevo espectáculo, estrenado durante la pasada edición del Festival de Perelada. En esta ocasión, el coreógrafo catalán Ramón Oller se atreve a versionar de forma libérrima el mito de Carmen, basado en la novela homónima de Próspero Mérimée que retrata el trágico final de esta gitana, luchadora infatigable por su libertad. Icono de la mujer libre, luchadora, racial y valiente, la Carmen de Oller, narrada en un solo acto, con hora y media de duración, representa una sensibilidad y ternura poco común en su retrato convencional. La bailarina francesa Sandrine Rouet encarna a esta edulcorada gitana, que desfila por los tejados de la tabacalera, lugar donde tiene lugar la acción. El público disfrutó de una pieza bailada pulcramente, pese a plantear serias incoherencias con el mito tradicional.
Ramón Oller afronta el reto de rescribir una Carmen para el siglo XXI. Sin embargo, en su intento, sacrifica parte de la esencia del mito. Muestra una Carmen sensible, voluble y voluptuosa; demasiado tierna y almibarada para reconocerse en su predecesora: la mujer, juguete del destino, que ansía su libertad por encima del amor. Comienza la obra con un preludio donde suenan los principales acordes de la conocida partitura de Georges Bizet. El espectador se sitúa en “Carmen”, gracias a todo su esplendor musical, interrumpido por la irrupción de la voz de Martirio. La alternancia de la música de Bizet con Martirio o el interludio de pasodobles españoles crea un universo musical alienante.
El coreógrafo catalán no renuncia al ingrediente sexual, narrando con escrupulosidad el apasionado encuentro entre Carmen y Don José, una de las escenas más largas de la obra. Sin embargo, juega con el poder evocador de los símbolos: el amante limpia a la amada con agua, que, por otra parte, contraviniendo el sangriento mito, se convierte en el arma del homicidio. El resultado es un montaje con altibajos, por donde vaga una Carmen amnésica, un Don José correcto y un Escamillo, fiel contrapunto de la historia. El propio asesinato de la gitana es limpio y cristalino, como su instrumento de defunción. Demasiado inodoro, inoloro y insípido, no hay celos, ni vehemente pasión, ni siquiera sangre en el carmencidio. La coreografía es elegante, aunque, en ocasiones, se torna repetitiva, sin conjugación de algunos elementos que podían haber disipado la planicie creativa.
En el momento en que suena los sones del pasodoble más cañí, Sandrine Rouet, en el papel de la gitana, recupera la conciencia de su rol y permite deleitarse al espectador con la fémina indómita esperada, ahí es donde está Carmen. Ambientada en los tejados de una tabacalera, escenografía que aprisiona y corta la libertad de movimientos del elenco, la gitana-cigarrera Rouet tarda en hallarse cómoda en su papel. Frente a ella, Don José (Jesús de Vega) y Escamillo (Rubén Olmos), más centrados en sus respectivos roles, un contrapunto de buena altura a la Carmen de Oller. El coreógrafo catalán se atrevió, de una forma libérrima, a retocar el clásico de Mérimée, pero, para ser políticamente correcto, optó por unos cigarrillos muy bajos en nicotina.
Iratxe de Arantzibia
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Iratxe de Arantzibia
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