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Romper a volar
Programa: “Tximeleta”.
Piezas: “La noche transfigurada”, “La muerte del cisne” y “Bolero”.
Compañía: Ballet Biarritz Junior.
Coreografías: Gaël Domenger y Thierry Malandain.
Bailarinas: Ione Miren Aguirre, Judith Argomaniz, Victoria de la Fuente, Pauline Fabien, Noémie Garcia, Miren Gómez, Sara Hernández, Irma Hoffren, Séverine Lefevre, Aurélie Luque, Anne Sophie Placier y Gisela Riba.
Música: Arnold Schoenberg, Camille Saint-Saëns y Maurice Ravel.
Iluminación: Jean Claude Asquié.
Lugar y fecha: Egia Kultur Etxea, 17-Noviembre-2005.
El primer germen del proyecto Ballet Biarritz Junior echó a volar con el programa “Tximeleta”(=mariposa), compuesto por tres piezas de los coreógrafos Gaël Domenger y Thierry Malandain. El espacio Gazteszena de Egia acogió el nacimiento de esta iniciativa. El espectáculo, con una duración de 70 minutos, permitió vislumbrar los primeros avances de la compañía junior en sus dos meses de andadura. La primera coreografía suponía el debut en esas lides del bailarín Gaël Domenger. Basado en el poema sinfónico homónimo de Arnold Schoenberg, “La noche transfigurada” es una metáfora sobre el nacimiento de un nuevo ente, en este caso, sobre el surgimiento del Ballet Biarritz Junior. Más interesantes resultaron las piezas de “La muerte del cisne” y “Bolero”, firmadas ambas por Thierry Malandain, director y coreógrafo de la compañía principal. En conjunto, el espectáculo ofreció una pobre imagen, con la docena de bailarinas dubitantes e inseguras en muchos momentos, así como con una escasa elaboración de la parte interpretativa, no así la ejecución dancística. Dos meses son demasiado poco tiempo como para poner sobre un escenario al elenco de bailarinas de la compañía. Por eso, el resultado se acercaba más a un festival fin de curso que a una actuación de una compañía pre-profesional. No obstante, la ventaja de jugar en casa favoreció a las intérpretes que contaron con el calor y el apoyo del público asistente.
“La noche transfigurada”, opera prima de Gaël Domenger, no terminó de cuajar ante el respetable. De carácter abstracto, la obra juega con los 12 sonidos de la composición musical de Arnold Schoenberg, interpretadas dicha docena de notas por sendas bailarinas. El uso y abuso del canon, las continuas reiteraciones coreográficas y esa sensación de sucesivos ejercicios gimnásticos que finalizaban en una pose fotográfica, ofrecieron la visión de una pieza excesivamente fría, aspecto aumentado por la obvia inseguridad de las bailarinas en muchas momentos de su interpretación. Por fortuna, la segunda parte trajo mayor templanza para las bailarinas. Más seguras en sus roles, “La muerte del cisne” y “Bolero”, piezas del programa “Homenaje a los Ballets Rusos” de Thierry Malandain, estuvieron más atinadas. Lógicamente, la experiencia no es la misma de ver ambas obras interpretadas por la compañía principal, pero el resultado fue más satisfactorio que la primera parte. “La muerte del cisne” es un bellísimo trabajo de Malandain, basado en la pieza homónima de Michel Fokine para la gran bailarina Anna Pavlova. La obra narra los últimos estertores de un cisne agonizante. En esta ocasión, Malandain presenta a tres cisnes moribundos. Como colofón, el Ballet Biarritz Junior presentó “Bolero” con la impactante música de Ravel. El reducido espacio fue el principal obstáculo para desarrollar en toda su intensidad esta pieza. Y tras muchísimos nervios, algunas imprecisiones y ciertos errores, habida cuenta el poco tiempo de trabajo que llevan, las bailarinas obtuvieron sus primeros aplausos pre-profesionales.
Dos meses en un margen temporal muy escaso como para presentarse ante la opinión pública. Ése fue el motivo del nivel mediocre de esta actuación. No es culpa ni de las bailarinas, ni del director, ni de los coreógrafos. Ellos tienen su misión que consiste en trabajar. Había mucha prisa por presentar ante la opinión pública y, sobre todo, ante las instituciones patrocinadoras del proyecto los primeros resultados. Ahí es donde radica el fracaso de esta operación. Por otra parte, también sería interesante cuestionarse algunos aspectos del proyecto. ¿Qué sentido tiene una junior ballet en la que la edad de sus integrantes está entre los 18 y 22 años? ¿No sería más lógica una compañía pre-profesional para la horquilla de edad entre 14 y 18 años? Baste pensar que la zumaiarra Lucia Lacarra, reciente Premio Nacional de Danza, ya poseía la categoría de ‘bailarina principal’ del Ballet Nacional de Marsella, dirigido por Roland Petit, con sólo 19 años. O que el donostiarra Urtzi Aranburu formaba parte de la compañía principal del Nederlands Dans Theater (=NDT 1), con apenas 21 años. Para esa edad, la también donostiarra Jone San Martín, actualmente bailarina de The Forsythe Company de Frankfurt, era miembro del Ulmer Theater-Philippe Talard en Alemania. Claro que mirando otros ejemplos un poco más lejanos, Tamara Rojo, reciente Premio Príncipe de Asturias de las Artes, con 22 años, era ‘bailarina invitada’ en el Scottish Ballet, para alcanzar un año después la categoría de ‘bailarina principal’ en el English National Ballet. Y qué decir del madrileño Ángel Corella, solista del American Ballet Theater con 20 años, y promovido a ‘bailarín principal’, un año después. También es contundente la trayectoria del cartagenero José Carlos Martínez, actualmente ‘bailarín estrella’ del Ballet de la Ópera de Paris, que, con 19 años, era elegido personalmente por Rudolf Nureyev para formar parte el cuerpo de baile de la compañía gala. Abundando en ejemplos, la zaragozana Laura Hormigón, con apenas 18 años, había sido invitada al Ballet Nacional de Cuba, en el que alcanzó la máxima categoría –‘primera bailarina’- junto a su partenaire el madrileño Óscar Torrado, quien, a sus 21 años, ya había formado parte del Ballet del Teatro Lírico Nacional, dirigido por Maya Plisetskaya, había sido invitado al Ballet de la Ópera de Munich y entrado en la Compañía Nacional de Danza, a las órdenes de Nacho Duato, antes de integrarse en la formación cubana. Y estos son sólo algunos ejemplos de los muchos bailarines que, a esas edades, ya poseían una incipiente carrera profesional, no pre-profesional. Por eso, el espectáculo “Tximeleta” fue algo así como sacar de la incubadora a un neonato. Las pobres bailarinas salvaron los trastos como mejor pudieron, para comenzar a volar sin red protectora ni colchón que les mitigara el golpe.
Texto: Iratxe de Arantzibia
Fotografía: Gaizka Iroz
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Iratxe de Arantzibia
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