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Un poquito de por favor

Programa: “Imágenes andaluzas para Carmina Burana”.
Creación y dirección: Salvador Távora.
Bailaores: Lalo Tejada, Marco Vargas, Alicia Murillo, Juan Romero y Francisco Carrasco.
Bailarinas: Carolina Morales, Viridiana Ramírez, Raquel Madrid y Bárbara Domínguez.
Cantaoras: Ana Peña y Kina Méndez.
Músicos: Juan Romero (flauta, percusión y baile), Manuel Barraquero, Miguel Aragón y José del Valle (guitarras).
Lugar y fecha: Auditorium del Kursaal, 3-Noviembre-2004.

La sublimación de lo estético no debe ser un cheque en blanco que permita perpetrar desaguisados tales como “Imágenes andaluzas para Carmina Burana”, espectáculo ideado, dirigido y cometido con alevosía y nocturnidad por Salvador Távora. La impactante música de Carl Orff sobre los “Carmina Burana” (=Cantes de Beuren), poemas religiosos medievales, mezclada con toda la imaginería lorquiana -¡Bendito Federico García Lorca allá donde te halles!, a decir por lo recurrente de su literatura para los flamencos- componen un pastiche sin rumbo ni dirección fija, en el que se entremezclan bailaores, cantaores, caballos con sus correspondientes jinetes, cruces vilipendiadas, vírgenes desvirgadas, en quince cuadros escénicos de intensidad e interés dispar. No hay medias tintas con el montaje de Távora: o encandila o puede llegar a horrorizar. Eso es lo que acarrea una apuesta tan libérrima, loca e incluso caprichosa del veterano Salvador Távora. La Fundación Kursaal era consciente de lo impactante de su apuesta, ya que nadie quedó indiferente tras la hora y media de espectáculo, que si bien fue aplaudido, no recibió el calor habitual del público donostiarra.

Evitar la manipulación folclórica de la cultura andaluza fue el principio dogmático sobre el que se sustentó la aparición de ‘La Cuadra de Sevilla’ en 1971. En algo más de treinta años, dieciséis espectáculos, 3.500 representaciones ante más de dos millones de espectadores, en 35 países y 130 festivales internacionales, avalan la trayectoria de la veterana compañía liderada por Salvador Távora. La imagen del toro, el lenguaje flamenco y los caballos son algunas de sus señas de identidad. Con estos componentes apriorísticos, era una incógnita ver qué podía haber construido este particular creador sobre la contundente ópera que Carl Orff ideó a partir de unos manuscritos medievales- los ‘Carmina Burana’- de clérigos y goliardos contra las manipulaciones de la jerarquía eclesiástica y de los poderosos. ”…Es una locura. Repito más que una locura, un atrevimiento de la imaginación. (…) Para mi, ‘Carmina Burana’ es una virgen lorquiana y una atractiva y sensual mujer. Y además, una mujer andaluza”, así define Távora su montaje que se pierde en engrandecer el valor esteticista.

Extraños artilugios, un coro de pseudo-monjas, un par de enanos-monjes, una especie de narradora-soprano en playback, una pareja de caballos, completan la escena dominada por un reducido plantel de bailaoras de escaso fuste, secundadas por una pareja de bailaores más a tono. Y en ese universo surrealista, emergen un cuarteto de bailarinas, cual chispeantes burbujas navideñas de un conocido espumoso. El conjunto es, ciertamente, tal y como comenta el propio Távora una locura cercana al despropósito, porque, ¿a santo de qué una bailaora tiene que marcarse un taconeo sobre una cruz? ¿Por qué las ‘burbujitas’ tienen que quitar a una imagen de la Virgen la luna, símbolo alegórico de su castidad, ya presente en la griega diosa Artemisa y la romana deidad Diana, para bailotear con el astro como si fuera una hoz-boomerang?

Señor Távora, la trasgresión y provocación del público no significa, necesariamente, la colección de una serie de actos irreverentes y poco ortodoxos. Independientemente a las creencias particulares, el símbolo de las creencias religiosas de millones de fieles en todo el mundo no pueden ser pisoteados y violados en pos de un espíritu vanguardista. Una bandera, señor Távora, no tiene más valor tangible que un mero trozo de tela, sin embargo, es el valedor de un sentimiento nacional que aglutina de todos los ciudadanos de un país. ¿Por qué, después de haber zaherido dos de los máximos símbolos de la Cristiandad, construye un cuadro escénico con valor de panfleto propagandístico de Andalucía? Esas parejas de campesinos con la bandera andaluza, ¿qué valores propugnan? Si merece respeto la venerable enseña de la comunidad andaluza, también los símbolos de una de las religiones monoteístas más extendidas en el mundo. ¿O es una concesión a la galería izquierdista esa desacralización coreográfica de la cruz y de la Virgen? ¿Dónde está la coherencia dogmática? Quizás un poco aturdido por la excelente partitura de Carl Orff, Salvador Távora confundió los ‘Carmina Burana’- (=Cantes de Beuren)- con otro tipo de Carminas folclóricas y andaluzas, por lo que perpetró un descalabro de estas dimensiones. Un poquito de por favor, señor Távora,…

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