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Un quijotesco Yebra
Programa: ”Don Quijote”.
Compañía: Ballet Nacional de Lituania.
Coreografía: Vladimir Vassilev, a partir de las coreografías originales de Marius Petipa y Aleksandr Gorski. Versión estrenada el 29 de Diciembre de 1994.
Bailarín invitado: Igor Yebra.
Bailarines: Natalia Lazebnikova, Rasa Tauciute, Aurimas Paulauskas, Alaksandr Molotov, Jaunius Kasperavicius, Vytautas Kudzma, Valerij Fadejev, Inga Cibulskyte, Zabinta Cicelyte, Ruta Kudzmaite, Kristina Kanisauskaite y Vaidas Steponkus.
Directora artística: Tatjana Sedunova.
Música: Ludwig Minkus.
Escenografía y vestuario: Viktor Volsky y Rafail Volsky.
Lugar y fecha: Auditorio del Kursaal, 13-Noviembre-2005.
El Ballet Nacional de Lituania, contando con el intérprete vizcaíno Igor Yebra (Bilbao, 1974) en sus filas, presentó la enésima versión del clásico “Don Quijote” (original de Marius Petipa, 1869), dentro del año de celebración por excelencia del clásico cervantino. El espectáculo, de dos horas de duración, presentaba la versión de Vladimir Vassilev (1994) sobre las coreografías originales de Petipa y Gorski, siendo esta revisión poco evidente, al resultar la obra muy fidedigna con sus predecesoras. El resultado fue un espectáculo caduco, insuficiente y de más que dudosa calidad. La presencia de Igor Yebra se anunciaba como el principal reclamo de la función. Sin embargo, el bilbaíno se empleó poco en su rol de Basilio, el barbero enamorado de Kitri. Quien sí realizó un buen trabajo fue Natalia Lazebnikova, la tan traída y llevada Kitri, que también bebía los vientos por Basilio, pese a los planes de su padre, quien pretendía casarla con el potentado Gamache. Pese a los evidentes fallos, el público asistente, sin duda deseoso de poder presenciar un espectáculo de ballet ante las escasez de los mismos, aplaudió con fervor el “Don Quijote” presentado por el Ballet Nacional de Lituania.
A estas alturas del año, el amante de la danza habrá podido acusar un serio empacho tras la degustación de Quijotes flamencos, contemporáneos, clásicos, neoclásicos, etc. Por eso, el montaje propuesto por el Ballet Nacional de Lituania incidía en muchos de los elementos ya vistos este 2005, cuatrocientos aniversario de la publicación de la obra cervantina. E incluso, pese a mostrar líneas coreográficas muy asumidas, éstas no se mostraban limpias. El lenguaje clásico de la danza es muy riguroso, tanto que cualquier desliz resulta muy evidente. Por eso, la falta de sincronía, la inseguridad y los movimientos dubitativos del inconsistente cuerpo de baile fueron un lastre muy claro en muchos momentos del espectáculo. También la parte mímica resultó acartonada, vetusta y poco elaborada. Se supone que la presencia de cualquier compañía ex soviética parece un marchamo de calidad predicable a priori. Sin embargo, en esta ocasión, el Ballet Nacional de Lituania, salvo contadas excepciones como las bailarinas que encarnaban a Kitri y a Cupido, en general, ofreció un nivel muy mediocre en su actuación.
No obstante, aún parecía que se podía confiar en el buen hacer de Igor Yebra. Pero ni siquiera eso. El bailarín freelance acusó en exceso los avatares inciertos de su carrera profesional. Yebra es capaz de realizar las actuaciones más impecables o de no atinar en los roles menos complejos. En la primera parte, el vizcaíno pareció encontrarse de cuerpo presente sobre el Auditorio del Kursaal y de alma ausente. Lució palmito, se paseó desafiante y apenas sudó una gota. La falta de química y complicidad con su partenaire, Natalia Lazebnikova, fue muy evidente. Como pareja escénica encarnaban a los enamorados Kitri y Basilio, pero nada más lejos de lo que se percibía sobre las tablas. No hubo conexión entre ambos en casi ningún instante. El momento más claro fue el porté rematado con la figura poisson, en la que la mala recepción de Yebra casi termina con Lazebnikova de bruces en el suelo. Sin embargo, la maestría es un grado y el bailarín vasco pudo salir, más o menos, airoso del lance. Más atinado en la segunda parte, Igor Yebra permitió vislumbrar algunos visos de su valía como bailarín con una laureada carrera internacional. Aunque el intérprete bilbaíno abusó de pequeños trucos como las vueltas cerradas en dedans, en vez de dibujar piruetas más complicadas por la apertura del en dehors.
Sin duda, lo mejor del espectáculo fue la actuación de Natalia Lazebnikova, la bailarina solista que encarnaba a Kitri y daba la réplica a Igor Yebra. Ella sí estuvo a la altura del papel que interpretó. Su danza recogía los matices interpretativos predicables de su rol, así como la calidad de su técnica balletística ofreció algunos de los mejores momentos de la función. El resto, incluida la sorpresiva danza de la bailarina callejera con puñales en vez de las habituales flores –al igual que el American Ballet Theater-, se lo llevó el viento, el mismo que puso en movimiento los molinos de Don Quijote. Esos molinos que también se convirtieron en inmensos gigantes en la mente del hidalgo manchego. Y esos gigantes fueron la gran cantidad de escollos de Igor Yebra para situarse sobre el escenario del Kursaal e interpretar al enamorado barbero Basilio. ¿O fue todo un mal sueño provocado por la locura de Don Quijote?
Iratxe de Arantzibia
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Iratxe de Arantzibia
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