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EL PALACIO DE LAS COLUMNAS AZULES (con fragmento inédito), de Pablo Martín Asuero,
· Título: MAVI SÜTUNLU SARAY. 1867 EVRENSEL SERGISINDEN BOĞAZIÇINE (El palacio de las columnas azules)
· Autor: Pablo Martín Asuero
· Traducción: Yildiz Ersoy Canpolat
· Editorial: Dost Kitabevi (Ankara)
· Año: 2004
· Páginas: 171
· Precio: 7.500.000 TL (4,10 €)
· ISBN: 97-5298-110-0
Hace un año reseñábamos aquí un ensayo singular, por cuanto participaba tanto del estudio histórico como de la crónica viajera y aun de la memoria personal; era España y el Líbano, 1788-1910. Viajeros, diplomáticos, peregrinos e intelectuales, de Pablo Martín Asuero, un tomito muy bien ilustrado que el lector curioso habrá aprovechado tanto o más que el investigador. Pues bien, este donostiarra adelantado en la Puerta de Oriente nos sorprende ahora con su primera incursión en la narrativa, publicada inicialmente en turco (y no menos sorprendente es que dos meses después de su llegada a las librerías se haya situado en séptimo lugar entre los libros más vendidos de temática turca en la lista de la gran librería Yenisayfa). Se trata de una novela histórica que narra la relación entre la española Eugenia de Montijo, esposa de Napoleón III, y el sultán Abdül Aziz, y sus encuentros en París durante la Exposición Universal de 1867 y el viaje de la Emperatriz a Estambul en 1869, así como los dos posteriores de la ya depuesta soberana.
Anteayer, 20 de mayo, tuvo lugar, en el Konferans Salonu del Instituto Cervantes en Estambul (Kültür Merkezi Cervantes Enstitüsü), su presentación formal. Participaron en ella, junto al autor, su traductora, Yildiz Ersoy Canpolat (Directora del Departamento de Hispánicas en la Universidad de Ankara), y Ali Karabayram, de la editorial Dost. Yildiz Canpolat ha traducido anteriormente, entre otros autores, a Jorge Luis Borges (El informe Brodie y otros títulos), Luis Sepúlveda (Patagonia Exprés), Soledad Puértolas y Cristina Fernández Cubas. En cuanto a Dost, en su amplio catálogo predominan las ciencias sociales, la literatura y los temas artísticos; algunos de los autores de sus más recientes lanzamientos son Hugo Pratt, Russell Banks, H.P. Lovecraft, Bertrand Russell y Marc Fumaroli.
Martín Asuero, asimismo actual director de dicho centro, es doctor en filología y especialista en la historia del Imperio Otomano y sus relaciones con España a través de sus sucesivos regímenes. Ha vivido seis de los últimos trece años en Estambul, y viajado por buena parte del país, y ha sido profesor de lengua española y materias afines en San Sebastián, Beauvais y Beirut. De su interés personal y profesional en el Mediterráneo oriental han nacido sus otros libros: Estambul, el ejército otomano y los sefardíes en textos en español (Isis, Estambul, 2003), Diego de Coello y Quesada y la Cuestión de Oriente, 1882-1897 (íd.), la edición de de las Actas del congreso internacional España-Turquía, del enfrentamiento al análisis mutuo (íd.), y la traducción al castellano de Origine, influence et actualité du Kémalisme, de Menter Sahinler (Ed. de Oriente y del Mediterráneo, Madrid, 1998).
Su intención, en este libro que está a caballo entre la historia novelada y la novela histórica, ha sido la reconstrucción de la realidad histórica, la situación del Imperio Otomano durante la segunda mitad del siglo XIX, especialmente en el contacto con Europa. Lo terminó dos años después de su tesis doctoral, y ya en su actual destino llegó a manos del responsable de la que a la postre ha sido la primera editorial en apostar por esta evocativa inmersión en la corte otomana y sus intrigas, los desacuerdos entre reformistas y ulemas, los ambientes populares y palaciegos, etc. El autor consultó la prensa de la época, así como las documentaciones diplomáticas, para asegurar la pertinencia y exactitud de los detalles ambientales, tales como el mobiliario, las indumentarias y los menús de las celebraciones históricas, los itinerarios o, en fin, los productos turcos conocidos por entonces en Europa.
El aleteo de lo imaginario se emplea, así, más allá del engarce idóneo, precinematográfico incluso [żqué tal Aitana Sánchez-Gijón en el papel de la emperatriz, dentro de unos años?] entre los detalles, en la aún penumbrosa relación entre los dos dignatarios. No dudamos de que Martín Asuero habrá contrastado también, para ello, las 36 páginas del opúsculo de Hippolyte Magen (seudónimo de L. Stelli) Les Amours d·Eugčnie Kirpatrik Théba de Montijo, impératrice des Français, depuis sa haute naissance jusqu'avant, pendant et aprčs son mariage, publicado por W. Jeffs en Londres, en 1865, casi coincidiendo con el anónimo Vita ed avventure galanti di Eugenia Montijo, contessa di Teba, giŕ imperatrice dei Francesi, cuya quinta edición milanesa (Simonetti) es de 1874. Ahora bien, żhasta dónde habrá llegado en su recreación...?
La novela toma la forma de un diario de viaje, cuyo punto de vista no corresponde tanto al personaje al que sigue cuanto al narrador implícito; lo que se consigue así es acercar los tiempos verbales y aproximar la acción al lector. Está estructurada en tres partes: el viaje del sultán Abdül Aziz por Europa (París, Londres, Lieja, Coblenza y Viena; fue la primera y única vez en que un sultán otomano visitó pacíficamente el continente, y con éxito diplomático), entre el 21 de junio y el 30 de julio de 1867; el primer viaje a Estambul de Eugenia de Montijo, previo a la inauguración del canal de Suez, en otoño del 1869, y su segundo viaje, en junio de 1897. El último, que realizó el mismo mes en 1910, a sus 84 años, sirve de epílogo.
Tal día como hoy, en el que las casas reales de mundo y medio se han reunido con Don Felipe y Doña Letizia bajo el dudoso arte de la Almudena (por no hablar de las patillas de Marichalar), es el más oportuno para extender este artículo hacia la figura real de origen español más famosa y atractiva de los últimos siglos, al hilo de Mavi Sütunlu Saray y según el siguiente esquema:
· 1. El palacio Beylerbeyi
· 2. Los personajes. La emperatriz Eugenia de Montijo
· 3. Los personajes. El sultán Abdül Aziz
· 4. Eugenia de Montijo en las artes
· 5. Bibliografía en castellano sobre Eugenia de Montijo
· 6. Estambul, 13 de octubre de 1869 (fragmento inédito)
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· 1. EL PALACIO BEYLERBEYI
El palacio de las columnas azules, donde acontece una parte muy relevante de la novela, no es otro que Beylerbeyi Sarayi, uno de los principales palacios de Estambul. Está situado al pie del actual Puente del Bósforo, en el lado asiático. Fue construido entre 1861 y 1864 por el arquitecto Sarkis Balyan, en estilo barroco francés y enteramente en piedra y mármol, por orden del sultán Abdül Aziz, que preparó varios diseños para la decoración de los techos, y reemplazó a un palacete construido en madera por el sultán Mahmut II en 1829. Se cree que en esa área erigió una cruz Constantino el Grande, bajo los otomanos fue un parque imperial (hasbahçe), y en el siglo XVI, la época del sultán Murat III, tomó el nombre de Beylerbeyi –El señor de los señores- del título de Rumeli Beylerbeyi Mehmet Pacha, que construyó allí su residencia personal.
El palacio fue destinado a estancias veraniegas de los sultanes y a alojar a los visitantes extranjeros importantes llegados a la capital otomana. Entre los más ilustres, mencionemos al emperador austriaco Francisco José, el rey Eduardo VIII y la señora Simpson, el Sha de Persia Nasreddin, el rey de Montenegro, el príncipe de Serbia... Y, por supuesto, la Emperatriz Eugenia de Francia, de la que se ha dicho que ordenó construir las ventanas del palacio de las Tullerías iguales a las del palacio Beylerbeyi.
Beylerbeyi tiene tres entradas principales y seis grandes salas y 26 habitaciones, decoradas exquisitamente, en sus plantas principales nobles, sobre la baja, donde están los almacenes y las cocinas. Las más selectas alfombras de Hereke, tejidas en los telares imperiales, en los suelos, lámparas de cristal de Bohemia en los techos, relojes franceses y porcelanas chinas, japonesas, francesas y de Yildiz decoran el palacio. El diseño interior es una síntesis de diversos estilos orientales y occidentales, si bien el trazado de las estancias sigue el de las casas tradicionales turcas, con un sofá central y habitaciones cerradas en las cuatro esquinas. El salón central y la Cámara Azul o Mavi Salonu, donde se encuentran las columas del título de la novela, de unas tonalidades cromáticas fascinantes, son las más hermosas piezas del edificio. Detrás del palacio, en las terrazas, se hallan jardines de magnolios, un gran estanque y algunos kioscos. En el lado marítimo hay un elegante jardín en terraza con árboles de todos los rincones del Imperio, un estanque y dos pequeños pabellones de baño junto a la playa, uno para los hombres y otro para las mujeres del harén.
· 2. LOS PERSONAJES. LA EMPERATRIZ EUGENIA DE MONTIJO
El título nobiliario Conde de Montijo fue concedido por primera vez por Felipe II a Juan Manuel Portocarrero, nacido en Jerez de los Caballeros (Badajoz) el 13 de diciembre de 1599; al morir sin descendencia, su hermano Cristóbal heredó el título. Mucho después, el 5 mayo de 1826, nació en Granada, en el barrio de la Magdalena, María Eugenia Ignacia Augustina Palafox de Guzmán Portocarrero y Kirkpatrick, novena Condesa de Teba. Era hija de Don Cipriano Palafox de Guzmán y Portocarrero, Grande de España, Conde de Teba, y de su esposa María Manuela Kirkpatrick de Closeburn, hija del escocés William Kirkpatrick, cónsul estadounidense en Málaga; su abuela paterna, MŞ Francisca de Sales Portocarrero, era la 4Ş Condesa de Montijo. Según algunas fuentes, sin embargo, Don Cipriano no habría sido el padre de sus hijas, sino un diplomático británico, George William Frederick Villiers (1800-1870), 4ş Conde de Clarendon, que alcanzó fama como ministro de Exteriores británico. En 1830 Eugenia vivía en Madrid y fue entonces cuando su hermana, María Francisca de Sales, que se casó posteriormente con el Duque de Alba, heredó el título de Montijo. Así pues, María Eugenia era en realidad Condesa de Teba y Baronesa de Quinto, siendo su hermana mayor la verdadera Condesa de Montijo.
La Condesa de Teba, como Eugenia era conocida antes de su matrimonio, fue educada en París en el convento de Sacré Coeur, donde recibió una indeleble formación católica. Cuando Charles Louis Napoleon Bonaparte (1808–1873) se convirtió en presidente de la Segunda República, en 1851, apareció con su madre en los bailes ofrecidos por el príncipe-presidente en el Elíseo, donde conoció al futuro Emperador Napoleón III. Se casaron el 30 de enero de 1853, no mucho después de que él fuera rechazado por una sobrina adolescente de la reina Victoria, la princesa Adelaida von Hohenlohe-Langenburg. Napoleón III tuvo que justificar ante el Senado francés su enlace con Eugenia de Montijo, ya que aunque esta era de noble estirpe no llevaba sangre real en sus venas, y como una fórmula de romper con la tradición de los enlaces dinásticos. Pero según el Times de la época tanto en la familia imperial como en el Consejo de ministros, e incluso en la servidumbre de palacio, se veía ese matrimonio con la joven condesita como an amazing humiliation.
El 21 de agosto de 1853, poco después de sus esponsales, la emperatriz introdujo la tauromaquia en Francia, cuando Bayona organizó la primera corrida de toros, denominada a la española, para satisfacer la pasión taurina de la soberana, que contribuyó decisivamente a la fama de Biarritz como lugar de veraneo, y en general impulsó el naciente turismo; también en San Sebastián, donde gustaba de pasearse por la orilla de La Concha. Asimismo fue pionera en el montañismo mundial: aburrida del ambiente de Biarritz esa temporada, el 30 de septiembre de 1859 reunió a su corte y organizó la primera ascensión a la cima de La Rhune (905 metros), una excursión anticipatoria del actual y romántico petit train que sube a La Rhune a la increíble velocidad de 8 kilómetros a la hora, como proclamaba un periódico de la época de la inauguración, ya fallecida la Montijo. Bien, esto por lo que nos toca más de cerca, pero cómo era su temperamento se ha considerado de muy variadas formas, en su tiempo y en el nuestro. Dos perlas que hemos encontrado: Gracias a su belleza y elegancia, y a su labor como mecenas de las artes y las letras, fue muy admirada por su pueblo, rodeándose de una brillante corte (e intervino para que se le redujera a una sexta parte la multa impuesta al poeta Baudelaire, que le había remitido una carta tan protocolaria como insolente); Poseía un carácter bastante enérgico -otros dicen que desagradable y engreído, ya que humillaba constantemente a los que estaban a su alrededor-. Además, fueron públicas y notorias las infidelidades de Napoleón III con diversas amantes, como la nacionalista italiana Virginia Oldoini o la gitana Tadea Mirslac, pero no se le conocieron a su esposa, dejando aparte los rumores y suspicacias que despertó la larga estancia en Estambul que ahora se nos narra. Esperemos que El palacio de las columnas azules nos resuelva ambas dudas...
En lo que sí coinciden las fuentes es en su poderosa influencia no sólo sobre la moda de la época (en 1854 prestigió al artesano Louis Vuitton, al que adquirió baúles de viaje; en 1855 comenzó a usar las nuevas crinolinas y a finales de los años sesenta abandonó las faldas inacabables, siendo seguida en tales ocasiones por toda Europa) sino, principalmente, sobre el Emperador. En efecto, tras dar a luz en 1856 a su único hijo, el Príncipe Imperial Eugenio Luis Napoleón, Eugenia decidió participar en la política del Imperio. Ferviente católica, apoyó al partido ultramontano, opuesto a la política italiana de su marido, y defendió los poderes y prerrogativas del Papa. Cuando el emperador partió para la campaña de Italia, en 1859, desempeñó por primera vez la regencia del imperio, cargo que volvió a ocupar en 1865, durante un viaje a Argelia de su marido, y en los últimos días del Imperio. La emperatriz secundó la desafortunada expedición que se propuso situar a Maximiliano de Austria en el trono de México (1862-1867) y en 1869 empujó a Napoleón a la guerra contra Prusia, que concluyó al año siguiente con la derrota de Sedán, donde el emperador cayó prisionero; Francia perdió Alsacia y Lorena. Eugenia tuvo que abandonar precipitadamente París y se refugió en Chislehurst, en el condado inglés de Kent. El emperador se reunió con ella al recuperar la libertad, después de ser destituido por la Asamblea. Tras su muerte en 1873, Eugenia se retiró de la política y vivió entre Farnborough, en Hampshire, y una villa en Cap Martin, en la Riviera francesa. En 1879, al morir su hijo en una escaramuza en la guerra contra los zulúes tras desobedecer una orden dada por sus superiores, se trasladó a España, aunque residió habitualmente en Gran Bretaña. Durante uno de sus viajes a España murió en Madrid, el 11 de julio de 1920, y sus restos fueron enterrados en la Cripta Imperial de la Abadía de Saint Michael, en Farnborough, Inglaterra. La asociación de su familia con Inglaterra fue commemorada cuando la segunda hija del actual Duque de York, nacida en 1990, fue bautizada como Princesa Eugenia.
El desaparecido Terenci Moix llegó a mencionar, en una entrevista de promoción de su última novela, que entre sus proyectos, ya irrealizables, figuraba la repetición del famoso viaje de Eugenia de Montijo a Egipto, con motivo de la inauguración por su mano del Canal de Suez, la nueva ruta marítima promovida por el diplomático francés Ferdinand de Lesseps. Los fastos de la ocasión fueron importantes, incluyendo la representación, por primera vez a orillas del Nilo, de la célebre ópera de Verdi Aida; en aquella ocasión, según testigos presenciales, Doña Eugenia sacó a relucir su soberbia y trató con desprecio al propio Lesseps. Pero antes de su estadía junto al mar Rojo, en ese viaje que realizó en la plenitud de sus 43 años, se demoró un largo trimestre junto al mar Negro, en el palacio de las columnas azules, junto al segundo protagonista de la novela, que pasamos a presentar.
· 3. LOS PERSONAJES. EL SULTÁN ABDÜL AZIZ
El 32ş sultán otomano, hijo de Mahmud II y de la sultana Pertevniyal, nació en 1830 y accedió al trono a los 31 años. Como persona tuvo fama de extravagante y de excelente arquero y luchador, y era físicamente fuerte, alto y muy corpulento (llegó a pesar 150 kg.; en el palacio Dolmabahçe se conserva la enorme, impresionante cama que utilizó en sus últimos años). Aprendió la lengua francesa y le gustaban la poesía y la música, llegando a componer distintas piezas para piano, parte de las cuales (Vals en re menor, Harpe Caprice, La gondole barcarolle...) fueron publicadas en Milán. Además, contribuyó a la erección del teatro wagneriano de Bayreuth.
Como gobernante, no era tan reformista como sus antecesores, pero autorizó varias organizaciones democráticas, entre ellas los jóvenes turcos, autorizó a los extranjeros la posesión de bienes raíces, redujo los gastos de la Corte, en la que estuvo ayudado por dos excelentes ministros, Fuad Bajá y Alí Bajá, prosiguió con ayuda de Francia las reformas liberales (Tanzimat) y la enseñanza pública, y reorganizó la administración provincial según el modelo francés, sustituyéndo a los pachás por gobernadores.
Durante su reinado, el Imperio Otomano se vio sacudido por los nacionalismos, con sublevaciones en Montenegro, Serbia, Creta, Bosnia-Herzegovina y Bulgaria, y Egipto se separó de Turquía; tras la guerra de 1870 sufrió la desaparición del apoyo francés. A consecuencia de estos movimientos nacionalistas, se produjo una gran agitación entre los conservadores de Estambul, mientras se agravaba la situación financiera, que obligó al Imperio a pedir prestamos a las potencias occidentales y a subir los impuestos, lo que provocó el descontento general, que unió a los jóvenes turcos. Finalmente, una conspiración llevó al poder al reformista Midhat Bajá, quien obligó al sultán a abdicar en 1876 en favor de su sobrino Murat V, que reinó muy brevemente. El 3 de junio de ese mismo año Abdül Aziz se suicidó en circunstancias no esclarecidas.
· 4. EUGENIA DE MONTIJO EN LAS ARTES
En las artes plásticas, entre los numerosos retratos de la emperatriz destacan los debidos a Franz-Xaver Winterhalter (1805-1873), como La emperatriz y sus damas o La emperatriz con el príncipe imperial, ambos pertenecientes al Museo de Compičgne, en Francia. El Retrato de la Emperatriz que se encuentra en el Museo del Duque de Alba, en Madrid, también es obra del mismo artista, que compitió directamente como retratista con Edouard Dubufe, cuyo mejor óleo dedicado a la emperatriz hemos elegido como ilustración [véase nota al pie]. En cuanto a los bustos, sobresale el esculpido por el francés Jean-Baptiste Carpeaux (1827-1875).
En cuanto a la música, seguramente la principal influencia de Eugenia de Montijo en el repertorio fue indirecta, si es cierto que fue ella quien trasladó oralmente a Prosper Merimée, en Campillo de Arenas, durante el viaje a Granada que compartieron, la historia, que se presume real, sobre la que éste basó su inmortal Carmen. Como motivo de inspiración, hay que mencionar el pasodoble de Ochaíta, León y Quiroga que toma su nombre, y que popularizó Conchita Piquer. Eugenia Emperatriz, de Arozamena y Solano, compuesta para la pantalla, tuvo su voz en Rocío Durcal. En el ámbito clásico, hay que señalar Crinoline ou La Valse au temps de la Montijo (Hommage ŕ Leon-Paul Fargue), el cuarto de los Homenajes para piano, una obra de 1924 del gran instrumentista Ricardo Viñes (1875-1943). Pero hay más, como vamos a ver a continuación.
El cine se sirvió desde muy temprana época de la figura, tan atractiva narrativa e iconográficamente, de Eugenia de Montijo; y fue en su primera aparición cuando comenzó a anudarse la retroalimentación entre el cine y la música en la obra más popular de las que la contienen como personaje. La cantante Raquel Meller había triunfado con la canción La Violetera, lo que incitó al cineasta Henry Roussel a rodar con ella el melodrama silente Violetas imperiales (Violettes impériales, 1924), que tuvo un gran éxito; los coprotagonistas fueron Suzanne Bianchetti, Émile Drain y Georges Péclet, René Jeanne el guionista, y en Madrid se estrenó el 3 de febrero en la sala Royalty. Es la historia de Violeta, una gitana sevillana que lee la mano de Eugenia de Montijo y le vaticina que se convertirá en emperadora. Cuando Eugenia se desposa con Napoleón III llama a la joven a la corte. Tanto en Sevilla como en París Violeta es requebrada por Juan, al que su madre, la marquesa de Ascaniz, desea casar con la noble Eugenia. Para empeorar las cosas, Juan acaba comprometido con los peligrosos movimientos liberales españoles...
En 1932, Roussel realizó una segunda versión sonora, homónima, con los mismos intérpretes, y fue la repercusión de ambas la que inspiró el estro del popularísmo compositor Vincent Scotto (1876–1952), que tuvo una facilidad natural para identificar el lenguaje y la música de la calle, los cafés y los pueblos, y durante medio siglo abasteció la rica tradición de la música popular francesa con cerca de 4.000 canciones, que difundieron artistas como Maurice Chevalier, Josephine Baker o Edith Piaf, y 60 operetas, llenas del calor y el color de su Provenza natal, y de las cuales varias continúan representándose hoy en día (Au pays du soleil, Les Amants de Venise, etc.). Autor de más de 200 partituras para el cine, entre ellas la mayoría de las de Pagnol, en los años cuarenta Scotto produjo un puñado de obras más serias o ambiciosas. La más resonante de ellas fue, precisamente, Violettes impériales, una opérette ŕ grand spectacle en 2 actos y 17 cuadros, según la película de Henry Roussel, con libreto de Paul Achard, René Jeanne y Henri Varna y música de Vincent Scotto, orquestada por Jacques Météhen. Fue estrenada, con Marcel Merkčs (Don Juan), Lina Walls (Violetta) y Raymonde Allain (Eugénie de Montijo) en los principales roles, y bajo la dirección musical de Paul Florendas, el 31 de enero 1948 en el mítico teatro parisino Mogador, donde estuvo hasta el 5 de febrero de 1950; se repuso del 28 de junio de 1952 al 15 de febrero de 1953, y posteriormente durante todo un año a partir del 3 de febrero de 1961. En total, por tanto, fue representada en su sala original ˇcasi 1.500 veces! En provincias y en el extranjero realizó numerosas giras, con Marcel Merkčs y Paulette Merval, pronta sucesora de Lina Walls.
Completemos el recorrido cronológico de la filmografía montijiana:
En 1938, Allan Dwan filmó Suez, una visión pasada por el tamiz hollywoodiense de la época, lleno de impostaciones y falsos pudores, de los muy hipotéticos amoríos y desencuentros entre el promotor del Canal de Suez, el diplomático Ferdinand de Lesseps, un enfático Tyrone Power, y Eugenia de Montijo, una Loretta Young deletérea, con una belleza local, encarnada por Annabella, como tercera en discordia. Tiene su encanto cinéfilo, y fue muy popular.
En 1942, Flavio Calzavara rodó en Italia La contessa Castiglione, en la cual Maria Pia Spini interpretaba a la emperatriz.
En 1944, José López Rubio, hombre muy vinculado a los escenarios, firmó como director y guionista el drama histórico Eugenia de Montijo, con prestigiosos actores teatrales como Amparo Rivelles en el papel protagonista, Mariano Asquerino (Napoleón III), Ricardo Calvo (Rey Jerónimo) o Guillermo Marín (Jerónimo Bonaparte), además de Tony Leblanc y, en su debut en las pantallas, Fernando Rey (Duque de Alba). Fue una producción de Manuel del Castillo y la compañía CEA, con fotografía de Enzo Riccioni y Carlos Pahissa, y música de los maestros Joaquín Turina y el navarro Jesús García Leoz [cuyo primer centenario se conmemora este año, con iniciativas como el reciente homenaje en Musikene y el concierto con proyecciones del próximo miércoles 26, dentro del festival Musikaste; fue un prolífico compositor de bandas sonoras entre 1936 y 1952, entre ellas la del clásico berlanguiano Bienvenido, Míster Marshall y la de Sinfonía vasca, de T. Tichahuer (1936)]. Se estrenó el 16 de octubre de ese año en el Avenida de Madrid, y el 19 de febrero siguiente en el Kursaal de Barcelona, y quedó para la posteridad como uno de los más genuinos ejemplos del cine histórico español de la época, de una prosapia que hoy calificaríamos como esclerótica, aunque no deja de tener su morbillo...
En 1952 Richard Pottier se responsabilizó, con Fortunato Bernal como director adjunto, de la tercera versión de Violetas imperiales, sin duda la más famosa actualmente gracias al protagonismo de Carmen Sevilla (Violetta) y de Luis Mariano (Juan de Ayala), junto a Simone Valčre como Eugenia de Montijo. Fue una producción hispanofrancesa de Cesario González y Les Films Modernes, con guión de Marc-Gilbert Sauvajon y adaptación y diálogos de la versión española a cargo de Jesús María Arozamena. La música original era en este caso de Francis López. Se estrenó el 12 de diciembre de 1952 en París, el 7 de mayo de 1953 en Barcelona y el 21 de septiembre de 1953 en Madrid, en el Palacio de la Música. Se registraron oficialmente 65.264 espectadores (no oficialmente, muchos más; no eran tiempos de gran refinamiento en el control de taquilla...).
Este título fue finalmente parodiado en 1976 por Fernando Colomo, cuando, como anticipo de la movida madrileña, dirigió, con producción de Imanol Uribe y fotografía de Javier Aguirresarobe, el cortometraje Pomporrutas imperiales, que protagonizaron Félix Rotaeta, Miguel Arribas y Carmen Maura.
Poco antes, en 1973, el mexicano Felipe Cazals dirigió Aquellos años, con guión de Mario Llorca. En su muy largo desarrollo -142 minutos- narra las luchas de Benito Juárez contra los conservadores y la intervención francesa, durante la Década National (1857-1867). Marcela López Rey era Eugenia de Montijo.
Y en 1984 Christian-Jaque realizó, en seis episodios de una hora, la teleserie francesa L’homme de Suez, que giraba nuevamente en torno a la relación entre Ferdinand de Lesseps (Guy Marchand) y Eugenia de Montijo (Maria Rosaria Omaggio).
· 5. BIBLIOGRAFÍA EN CASTELLANO SOBRE EUGENIA DE MONTIJO
La vida de nuestra protagonista, egregia representante de un mundo mitificado al ritmo de su descomposición, ha dado pie, a falta de unas memorias propias que apenas suplen las cartas que dejó, a biografías de todo tipo, desde las divulgativas del estilo amores ilustres e ilustrados (son significativos los nombres de algunas colecciones que las incluyen: Páginas brillantes de la Historia, Parejas que hicieron historia, Mujeres insignes ‘Cadete’, o Figuras de la Raza, en este caso para una obra anterior a 1936) a los estudios más eruditos, como la obra de Des Cars.
Hay tres periodos de mayor profusión editorial: los años veinte, tras su muerte; los cuarenta y cincuenta, al rebufo de los éxitos cinematográficos (véase específicamente GUARDIOLA 1959, en la colección Cine para leer) y musicales que hemos mencionado, y los últimos años, de mayor bulimia biográfica en general. La donostiarra Librería Internacional contribuyó a esa segunda oleada con la traducción de un jugoso y edificante volumen de recuerdos orales (PALÉOLOGUE 1946), claro que muy lejos de los de Eckermann sobre Goethe...
En la ficción, como antecedentes de El palacio de las columnas azules encontramos disponibles la novela de Muñoz Puelles, que parte de la temprana muerte del príncipe imperial, y logró el Premio Azorín de Novela en 1993, y la de la especialista en el género Almudena de Artega; sin embargo, las dos primeras en aparecer (FILON y SCHUMACHER) lo hicieron al poco de fallecer la depuesta soberana.
· ALMODÓVAR, Pedro: Eugenia de Montijo, emperatriz de Francia. – [S.l.]: s.n., 1945? (Nota bene: no hay error en la dudosa fecha, no es obra del cineasta manchego; se adscribe a una serie de Grandes novelas cinematográficas, publicadas por Lux en Barcelona)
· Anónimo: Eugenia, Emperatriz consorte de Napoleón III, Emperador de Francia. – [S.l.]: España, 1945?
· ARQUER, Florencia de [seud.]: Eugenia de Montijo. – Barcelona: Ferma, 1961.
· ARTEAGA DEL ALCÁZAR, Almudena de: Eugenia de Montijo. – Madrid: Martínez Roca, 2000.
· AUBRY, Octave: Eugenia de Montijo, emperatriz de los franceses. – Barcelona: Iberia, 1992.
· BUENO FARO, M. del Pilar: Napoleón III y Eugenia de Montijo. – Barcelona: Rodegar (Gasso Hnos.), 1973.
· CABAL, Juan [seud. de José Escofet Vilamasana]: La emperatriz Eugenia de Montijo. – Barcelona: Juventud, 1960.
· CABAL, Juan: La emperatriz Eugenia. – Barcelona: Planeta-De Agostini, 1996.
· CHANDETT, Henriette; DESTERNES, Suzanne: La vida privada de la Emperatriz Eugenia. – Barcelona: Vergara, 1956.
· CHAUVEL, Genevičve: Eugenia de Montijo: emperatriz de los franceses . – Barcelona: Edhasa, 2000.
· DELMAS, Juan: El castillo de Arteaga y la emperatriz de los franceses. – Bilbao: J.E. Delmas, 1890.
· DEMERSON, Paula de: La condesa de Montijo, una mujer al servicio de las Luces. – Madrid: Fundación Universitaria Española, 1976.
· DES CARS, Jean: Eugenia de Montijo: la última emperatriz. – Barcelona: Ariel, 2003.
· DÍAZ-PLAJA, Fernando: Eugenia de Montijo, emperatriz de los franceses. – Barcelona: Planeta, 1992.
· DUFF, David: Eugenia de Montijo y Napoleón III. – Madrid: Rialp, 1981.
· DUFRESNE, Claude: Eugenia de Montijo: una española, emperatriz de los franceses. – Barcelona: Salvat, 1995.
· EUGENIA MARÍA, Emperatriz de Francia: Cartas familiares de la Emperatriz Eugenia. – Barcelona: Iberia (Joaquín Gil), 1943.
· EULATE SANJURJO, Carmela: Eugenia de Montijo. La romántica vida de la Emperatriz de Francia, narrada a la juventud. – Barcelona: Araluce, 1946.
· FILON, Auguste: La novela de una emperatriz. Eugenia de Montijo (1826-1920). – Barcelona: Seix & Barral Herms., 1922.
· FUENTES MARES, José: La emperatriz Eugenia y su aventura mexicana. – [México]: El Colegio de México, [1976].
· GUARDIA, Alegria: Eugenia de Montijo. – Barcelona: Mateu, [1957].
· GUARDIOLA, Antonio: Eugenia de Montijo. – Vigo: Cíes, [1955?].
· GUARDIOLA, Antonio: La emperatriz Eugenia. – Zaragoza: Semper, 1959.
· HERMANT, Abel: Eugenia de Montijo: la española que fué emperatriz de los franceses. – Barcelona: Imp. Moderna, 1943.
· MARGARIT PELAZ, María Isabel: Eugenia de Montijo y Napoleón III. – Barcelona: Plaza & Janés, 1999.
· MARTÍNEZ OLMEDILLA, Augusto: Vida anecdótica de la emperatriz Eugenia. – Madrid: Aguilar, 1964.
· MOLINA, Natacha: Eugenia de Montijo. – Alcobendas: Círculo de Amigos de la Historia, 1974.
· MUŃOZ PUELLES, Vicente: La Emperatriz Eugenia en Zululandia. – Madrid: Anaya & Mario Muchnik, 1994.
· ORTEGA Y GASSET, José: España y Europa. Eugenia de Montijo [1920], en Obras completas, vol. III. – Madrid: Revista de Occidente, 1946-1983.
· PALÉOLOGUE, Maurice: Conversaciones de la Emperatriz Eugenia. – San Sebastián: Librería Internacional, 1946.
· SAGRERA, Ana de: La juventud de la emperatriz Eugenia. – Madrid: Compañía Literaria, 1998.
· SCHUMACHER, Heinrich Vollrat: La emperatriz Eugenia (El camino al trono). – Madrid: Editora Internacional, [1924].
· SMITH, William: Eugenia de Montijo: qué pena, pena. – Madrid: Espasa-Calpe, 1991.
· VICENS, Francesc: Eugenia de Montijo. – Barcelona: G.P., [195-?].
· VIDAL, Buenaventura L.: La Emperatriz Eugenia.... – Madrid: [s.n.] (Imp. de A. Marzo), 1926.
· VILLA-URRUTIA, Marqués de (Wenceslao Ramírez de Villa-Urrutia): Eugenia de Guzmán, Emperatriz de los franceses. – Madrid: Espasa-Calpe, 1930.
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· ESTAMBUL, 13 DE OCTUBRE DE 1869
A continuación, y por cortesía del autor, reproducimos en primicia un fragmento de El palacio de las columnas azules, correspondiente a la segunda parte de la novela. Narra la primera llegada de la Emperatriz Eugenia a Estambul, y en él se puede apreciar, junto al suave perfume descriptivo, la recreación de un pálpito sentimental incipiente...
Ya están en la capital otomana. Hoy ha sido una jornada agotadora, llena de acontecimientos, algunos tan difíciles de solucionar que han provocado más de una tensión. La comitiva francesa, libre del protocolo, en estos momentos descansa oyendo cómo las olas del estrecho del Bósforo rompen contra los muelles de mármol blanco del palacio de Beylerbey, el señor de señores. Hace tanto tiempo que no dormían en tierra que ya se han olvidado de dónde están y posiblemente en sus sueños sigan recorriendo países lejanos o estén de vuelta en sus hogares.
Llevaban levantados desde las tres de la mañana, hora en que el Aigle había entrado por el estrecho de los Dardanelos, dejando atrás el Mediterráneo. Los turcos habían iluminado los dos castillos que cierran el acceso hacia el mar de Mármara. Sus muros de piedra blanca se levantaban inexpugnables en medio de la noche, misteriosos a causa de la luz rojiza de las antorchas. Esta ha sido la primera visión que han tenido de Turquía, antes de adentrarse en los dominios del Sultán. Menos mal que es una misión de paz, porque, si quisieran, podrían cerrar el paso y secuestrarnos, comentan las damas de honor reunidas en cubierta para contemplar el espectáculo.
El Aigle atracó suavemente en los muelles de Çanakkale, al lado del Forbin, la embarcación de la embajada de Francia, y del Sultaniye. El Sultán no vino en persona pero había enviado a sus visires para recibirles y escoltarles a lo largo del mar de Mármara. Quien sí se había desplazado era el embajador francés, de la Bourée, que ha querido rendir los honores a su soberana, ponerle al día de la situación del Imperio Otomano y del programa de actividades que le espera. En estas circunstancias, la mañana ha ido avanzando despacio, a bordo de los barcos esperaban impacientes el momento de desembarcar. Tan sólo se han podido permitir unos momentos de reposo y juegos mientras los tres barcos se dirigían a la velocidad de quince nudos hacia Estambul. El paisaje ha ido cambiando paulatinamente, dejando de ser seco y árido para convertirse en más verde y boscoso. A la derecha se perfilaba una espléndida montaña, se trata del Olimpo de Bitinia, explica uno de los oficiales que ya ha realizado varias veces esta ruta, uno de los dos montes Olimpo que existen.
Poco tiempo después pasaban entre las Islas de los Príncipes, un pequeño archipiélago verde esmeralda que se encuentra a pocas millas de la capital. Los bosques de encinas, pinares y madroños se extienden por las colinas desde los ocres acantilados hasta la parte habitada. La rica burguesía griega, armenia y judía ha hecho de este lugar su emplazamiento para las vacaciones estivales. Allí, las villas de madera, pintadas de blanco, rosa pálido, azul celeste o rojo, se alinean en las colinas escarpadas. Los viajeros las señalan y fijan su atención en las cúpulas bizantinas de la iglesia de Büyük Ada, la Isla Grande, y en los muros del monasterio de San Jorge, en lo alto de la isla, donde las campanas no cesan de sonar, dando la bienvenida a los franceses.
El Sultaniye, el Aigle y el Forbin han tenido que aminorar la marcha para no llevarse por delante a los caiques y botes de pesca congregados ante el embarcadero de Büyük Ada. Es una parada prevista, la primera toma de contacto con la multitud otomana que les vitorea. La Emperatriz ha logrado una aparición triunfal en una pasarela preparada para la ocasión en medio del puente del Aigle. No ha querido deslumbrar, sino presentarse de una manera sencilla, con un vestido náutico compuesto de un traje corto, chaqueta y un sombrero negro de marinero tocado de un velo azul. Este último detalle, el hecho de aparecer cubierta, como mandan los cánones otomanos, le permitirá crearse una opinión favorable entre el clero musulmán, tan reacio a la participación de la mujer en el primer plano de la vida pública.
La parada no ha durado más que unos pocos minutos, los suficientes para ser vista y para que se incorporara al cortejo una nueva embarcación, el Hereke, con los notables de las islas. Ahora son cuatro grandes naos las que se dirigen a tierra firme y han tenido que limitar la velocidad de sus motores, para que los caiques y barcos de pesca les pudieran seguir sin quedarse atrás hasta la costa de Yesilköy, el pueblo verde, desde donde podrán rumbo hacia la boca del Bósforo.
El primer monumento que reconocen los viajeros es Yedikule, castillo de las Sietetorres, no en vano era allí donde encerraban a los embajadores de las naciones enemigas. Ha sido muy fácil de reconocer porque se encuentra justo en el punto de encuentro de las murallas terrestres con las marítimas. Tras el castillo se prolongan los bastiones bizantinos que protegen a las siete colinas de Constantinopla.
Poco después los yates se hallan frente a las murallas marítimas, las que defienden esta ciudad tantas veces deseada, sitiada y atacada. A lo lejos, los afilados alminares y las blancas cúpulas de las mezquitas se elevan majestuosos hacia el cielo, produciendo exclamaciones de júbilo en los viajeros franceses. Hasta en la propia Emperatriz, que, olvidando un poco su papel, emite exclamaciones de admiración a medida que va contemplando el espectáculo de casitas de madera, colinas, cipreses, palacios, higueras, mezquitas y mar. Es cierto eso que dicen los escritores que la han conocido, afirmando que se trata de la ciudad más bella de la tierra. La luz la baña con un color suave y brillante que realza los tonos verdes del arbolado, los dorados de algunos árboles que muestran la llegada del otoño, los colores pastel de las casas y las cúpulas de plomo de las mezquitas.
Eugenia ha recuperado todo su vigor de los buenos tiempos de antaño. Ya no es la Emperatriz decepcionada y triste de Atenas. La estrella del Oriente resplandece en todo su ser al contemplar la belleza de Estambul. Si bien el velo azul no deja ver la expresión de sus ojos, da la impresión de que absorbe la fuerza de la ciudad y de que las dos brillan al unísono, recibiendo los rayos del sol de octubre.
Los barcos alcanzan la punta del Serrallo, giran a babor y enfilan las proas hacia el Cuerno de Oro. Van rodeando el palacio del gran turco, bajo los blancos muros de Topkapď, las murallas que lo protegen y el bosque que hace que este palacio parezca flotar encima de un mar de vegetación otoñal. Al aproximarse, las baterías costeras del Bósforo disparan treinta salvas de bienvenida; sin embargo, un error hace que los artilleros coloquen verdaderas balas de cañón, en lugar de los disparos de fogueo. Las balas llueven por encima del Aigle, causando la sorpresa y el miedo de todos. Por fortuna todo queda en un susto. La Emperatriz, al ver cómo las balas caen en el agua sin causar daño alguno, sonríe. El miedo parece serle desconocido.
Poco después, el caique del sultán, con sus doce remeros perfectamente uniformados, les sale a la espera, frente al palacio de Beylerbey. Se había ido aproximando grácilmente al Aigle, dejando que desplegaran con el ritmo de los remos el encanto de estas embarcaciones, mientras su soberano, sentado en el trono acuático, emitía todo su magnetismo imperial. Ahí le tiene, inmerso en aquel paisaje fantástico, más propio de una decoración de opera orientalista, que de la vida real. Así fue como Abdül-Azîz había subido a bordo del barco francés y se aproximó hacia la Emperatriz. Se inclinó ante ella e intentó algo inaudito y que iba a todas luces contra el rígido protocolo otomano, besarle la mano.
Ella reaccionó a tiempo y, antes de que su mano se encontrara con los labios del sultán, se postró ante él con la reverencia de rigor. Fue, más que nada, un impulso, un acto cuya finalidad era agradarle, o, tal vez, demostrarle que reconocía su papel al frente de los otomanos. Como a tal le había saludado, ni más ni menos. Eso es lo que pensó. Le resultaba extraño, desde la primera vez que le vio había sentido algo especial por él. No se lo podía explicar ni confesárselo a si misma. Es cierto que es un hombre guapo, aunque, eso sí, tiene la belleza de una fiera que no se sabe muy bien hasta qué punto está domesticada.
Habían trascurrido poco más de tres segundos, demasiado poco para pararse a reflexionar y sacar conclusiones. Se trataba de una mezcla de sensaciones y de sentimientos que le acercaban a aquel gigante de casi dos metros, con tendencia a la obesidad y un extraño fulgor en sus ojos azules. Es posible que fuera eso, el brillo de sus ojos, lo que le puso en guardia ante aquella galantería. Definitivamente no fue el hecho de que un califa no se incline ante ninguna mujer, son ellas las que le colman de atenciones. Eugenia, en ese momento, no lo sabía. Se lo explicará más tarde el embajador que alabó su conducta y su prudencia, sin saber la verdadera razón de la reverencia. El hecho de haber aceptado que el Sultán le besara la mano habría sido muy criticado por los ulemas.
La mirada de Abdül-Azîz, rodeada de aquel mar y de aquel cielo, todo tan inmensamente azul, la habían deslumbrado, por eso tuvo que apartar sus ojos y escapar de la extraña sensación que nacía en su interior, extendiéndose por todo su cuerpo como un reguero de pólvora. El Sultán, por su parte, parecía que no se había dado por ofendido sino todo lo contrario, sonrió al ver cómo se inclinaba hasta tocar el suelo con la rodilla. El instante de inclinarse ante el Sultán y perder de vista ese color le habían permitido volver a la realidad, recuperar fuerzas y estrechar la mano de Abdül-Azîz, con fuerza, como corresponde a la representante del Imperio Francés en la capital otomana.
(Ilustración: L'impératrice Eugénie (1853) [detalle], por Edouard Dubufe (1819-1883). Musée du Second Empire, Château de Compičgne. Este retrato, el primero de la soberana, supuso para Dubufe el inicio de una larga carrera jalonada de recompensas. Se puede admirar en él -en el vértice del escote- el trébol de esmeraldas que le obsequió el Emperador en diciembre de 1852, en Compičgne)
Juan Miguel Perea
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Juan Miguel Perea
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