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Entrevista a Gregorio Iglesias y Juanma Arriaga

En un día tan especial para los donostiarras como es Santo Tomás espero ataviado reglamentariamente con mi txapela, casaca y pañuelo la llegada de Gregorio Iglesias Mayo en la Galería Kur, el espacio expositivo abierto desde finales de 2002 en un lugar privilegiado frente a los Cubos del Kursaal y que algunos han tachado de “locura”.

Me pidió puntualidad británica pero esta vez ha sido él quien ha llegado algo demorado. Tras dejar las maletas -pues parte de la ciudad esta misma mañana- en un rincón de la galería y zanjar unas últimas cuestiones con Juanma y Maite, Gregorio toma asiento y me comenta que “le haga preguntas, que él no habla mucho”, lo cual, como era de esperar, dista mucho de ser cierto.


Donostilandia: Háblame de ti.
G.I.: No me considero un pintor de carrera, estético, plástico, ni una persona nacida para crear una pintura bonita que decore o una pintura matemática de dos y dos son cuatro, sino que soy un pintor genético, algo emocional, casi una enfermedad. Podía haber nacido ciego o minusválido pero nací pintor. Es una desgracia de la que no puedo escapar.

D.: ¿Cómo empezaste a pintar?
G.I.: No tengo la suerte de poder aplicar ni lo que estudié ni lo que vi. Mi padre de chiquitín me castigaba o a hacer los deberes de matemáticas o a dibujar. Fue mi padre el que me compró mi primera pizarra. En aquella pizarra aprendí por primera vez, como niño, lo que era tener y perder. Tener porque podía dibujar con las tizas un mundo particular y perder porque hacer otro dibujo tenía que borrar el anterior. Tenía un espacio muy concreto, partía de una composición y después la borraba para hacer otra. Eso era cuando tenía unos ocho años. Estudié cinco años de Bellas Artes y a los veinticinco años comencé como profesional.

D.: ¿Y a partir de ahí comenzaste a viajar?
G.I.: Toda mi pintura se basa en experiencias, sensaciones, triunfos, desgracias,
Fracasos. Me atrae mucho del concepto de viaje de Marco Polo: viajaba y siempre volvía a su casa, haciéndose partícipe de lo que allá había conocido. Yo, para pintar tengo que viajar.

D.: ¿Y cuando viajas qué te llevas de tus orígenes?
G.I.: Me llevo la esencia, mis primeras palabras, mis primeros recuerdos. También me llevo las imágenes de las últimas personas a las que veo, lo que más emociona. Si no siento, no puedo pintar. Hay gente a la que admiro porque puede pintar a partir de un encargo. Yo jamás acepto un encargo.

D.: Al igual que Marco Polo, ¿vuelves con la vasija llena? ¿Eres profeta en tu tierra?
G.I.: Sí. La gente confía en mí. A nivel de la gente más cercana la relación es perfecta, en Lleida me quieren mucho.

D.: ¿Qué destacarías de tus experiencias por el mundo?
G.I.: En un viaje busco un motivo para cambiar mi vida, para tambalear el archivo de datos, a veces de una manera muy viciosa. Si llevo mucho tiempo sintiendo de una manera, me aburro y me voy. En los viajes me obligan a vivir de una manera determinada. En Nueva York lo que más me llamaba la atención eran las personas y por eso pinté caras. En París hay mucha vida en el metro. De tanto viajar en metro te das cuenta de que hay una metáfora: es el túnel de la vida. Pasé mucho tiempo en el metro y pintando imágenes de estaciones. El color de las etapas anteriores se marchó en París. Empleé el blanco y negro y me quedé con la anécdota del dibujo.

D.: Algunas piezas parisinas dan sensación de pesimismo o melancolía.
G.I.: Llegué a París viviendo la sensación de un inmigrante, de una persona que no conocía la lengua, las costumbres, de una persona que tuvo que, como todos los inmigrantes, vivir en las calles, dormir en el suelo, solicitar ayuda. Estás muy solo y por eso montar en el metro es un viaje en línea recta, sin incertidumbre, que te da tiempo a pensar. Pero el paisaje es ciertamente un poco desolador.

D.: ¿Qué hiciste en Sao Paulo?
G.I.: Fotografiar. Me interesa a dos niveles. Por un lado los hoteles. Es algo que parece raro pero me encanta hacer fotografías del hotel antes de marcharme. Y por otro lado me atraen los autorretratos.

D.: Hablando de los retratos, transmiten cierta tristeza. ¿Me permites el recuerdo de Oskar Kokoschka?
G.I.: Sí, firmaba O.K. Pinto lo que es quedarse solo ante la fauna, ante la multitud donde uno se siente más marginado. Esas personas tienen una mirada muy fuerte, agresividad, rabia, deseos. Me gusta la fotografía interior, el retrato psicológico, el retrato emocional. Quiero aportar con la plástica de los colores algo de lo que tiene cada persona. Detrás de cada de estas obras aparentemente tristes hay dulzura, belleza. Es como sucede a los reporteros de guerra, retratan todo el día cadáveres y no son sólo imágenes desgarradoras sino que plasman otro tipo de realidad.

D.: ¿Evitas el posado?
G.I.: Pinto el recuerdo. Puedo tomar fotografías y después las retiro y a partir de ahí recuerdo la composición y los detalles más característicos de las personas.

D.: ¿Qué parte de tu tiempo dedicas a la formación, al aprendizaje?
G.I.: Donde más he observado arte ha sido en París. Es una ciudad muy preparada para el arte, con una cultura muy arraigada y donde dices que eres pintor y todo el mundo dice chapeau. Allí dediqué mucho tiempo a conocer pintores, talleres y visitar museos. Pero tengo que decir que antes de ir a París pasé casi tres años desculturizándome, haciéndome primitivo y olvidar todo aprendizaje, toda esencia, toda norma para tener un punto de vista como el de un crío.

D.: ¿Qué opinas de Miquel Barceló?
G.I.: Conozco perfectamente a Barceló, he comido con él, me he emborrachado con él, me he peleado con él. Barceló es un gran “capo” de la mafia, un personaje como Tàpies, que no dudo jamás en matar a los que tenía alrededor y quedar él. Tiene mucho talento y ha aguantado muy bien la presión de ser elegido muy jovencito genio de la pintura. La similitud de mi obra con la de Miquel, sinceramente, es pura coincidencia. Hay un diálogo a gran distancia, como cuando veo un cuadro de Velazquez, pienso que pronunció algo al pintarlo y pasados cientos de años yo le contesto. Hay ciertas coincidencias con Barceló. Yo nací en el campo, crecí en el campo, entre barro, agua, hierba, estiércol, en definitiva, en la materia. Como decía Miró, autor al que me siento cercano, “haz un agujero, pon los pies en la tierra y sentirás la naturaleza”. A partir de ahí tenemos ciertas similitudes. He abierto catálogos de Barceló, como he abierto catálogos de Rembrandt, de Lucian Freud y de Francis Bacon. Hubo un tiempo en el cual Edward Munch tuvo una gran retrospectiva en Madrid, época en que mi padre murió, y algunos cuadros me impresionaron muchísimo.

D.: Háblame de esa materia a la que hacías referencia.
G.I.: En mis cuadros había que vomitar, vomitar y vomitar. Hasta aproximadamente el año 93. Ahora no me interesa tanto la materia sino la figura humana. La materia me importa no como fin sino como medio para explicar a través de la pintura su importancia y su decadencia (chorreo, rotos).

D.: Muchas personas se preguntan por los perros que aparecen en tu obra.
G.I.: Es una historia muy tonta. Una noche como tantas, en 1991, murió mi padre y a las tres o cuatro de la mañana estaba borracho como una cuba en la ciudad de Lleida. Me paré en un semáforo y observé al otro lado del paso de cebra un perro sentado esperando como yo a que cambiara. Miro al perro, el perro me mira a mí, nos cruzamos y aquello pareció una despedida. Me emocioné tanto, me sentí perro, perro mojado. Empecé a pensar en símbolos del perro y desde entonces siempre pinto perros incorporándolos a mi obra. Pasé casi dos años de mi vida fotografiando perros atropellados a raíz de ver a un perro moribundo que me miraba a la cara.

D.: ¿Por qué el formato cuadrado en tus cuadros con tanta frecuencia?
G.I.: Quizás porque es el más rápidamente me ayuda a decidir la composición. La forma rectangular puede resultar más relajante a la hora de distribuir coreográficamente las formas y las pinceladas pero el cuadrado hace que no te escapes. No pienso en una composición a nivel de álgebra sino en una composición psicológica. Veo la colocación del personaje, el escorzo, busco el recorrido psicológico que la persona cuando lo vea puede hacer, no dejo nada al azar, intento controlar las historias e intento evitar lo evidente. Quiero crear una inquietud, que la gente se haga preguntas.

D.: Para terminar, ¿qué supone para ti exponer en Donostia?
G.I.: Aquí hay otra historia tonta. Mi madre durante toda la vida, antes de morir, me decía que no sabía qué le había pasado con San Sebastián. Fue el único viaje que hizo en su vida aparte de emigrar de su pueblo hacia Lleida. Y siempre me decía “tienes que ir a San Sebastián, me gustó muchísimo, la playa…”. El pasado mes de agosto conocí Donostia por primera vez y fue algo muy emocionante. Estoy encantado de que Juanma se haya fijado en mí, su galería es buenísima, la gente es encantadora y creo que no me merezco tanto. Todo esto me hace temblar las piernas.




Y ahora le toca el turno al señor galerista, Juanma Arriaga, un hombre al que gusta el riesgo y al que tenemos que agradecer la valentía de abrir esta fantástica galería para todos los donostiarras.


Donostilandia: ¿Cómo surge la idea de abrir la Galería Kur?
Juanma Arriaga: Antes trabajaba en un mercado secundario de arte y ante la necesidad de centralizar un poco todo el trabajo, porque tenía obras de arte repartidas en Madrid, Navarra, La Rioja y profesionalizar esa labor. Aunque en un principio el proyecto era conseguir un espacio industrial, no abierto al público sino en el que exponer obras de arte que mostrar a clientes, al ver este local, su ubicación y tratándose de un sótano, me dí cuenta de que me daba muchas posibilidades y decidí abrir las puertas al público. Después de estar un año detrás de los dueños, una familia cuyos miembros estaban dispersados por Madrid, Canarias, Euskadi, conseguí hacerme con el local y tras prácticamente otro año de obras logramos abrir la Galería.

D.: ¿Cuál fue la apuesta inicial de Kur?
J.A.: Tuvimos tan buena suerte que abrimos la galería con Manolo Valdés. El 2002 ha sido el año Valdés: además de la antológica organizada en el Museo Guggenheim de Bilbo, ha expuesto en Estados Unidos, Londres, Madrid y muchísimos sitios de todo el mundo. Mi idea era inaugurar el espacio con un artista de cierta relevancia. Ya conocía anteriormente a Manolo. Le comenté que me hacía mucha ilusión estrenar la galería con él y a partir de ahí todo fueron facilidades. Cuando vino de Nueva York nos citamos, me llevó a su estudio y me mostró la obra que tenía disponible. Con ella se montó la colección inaugural, un día después del inicio de la exposición del Guggenheim y con la presencia en Donostia de Manolo en la galería. La exposición ha ido muy bien, ha tenido muchísima prensa y son muchas las personas que han mostrado vivo interés en visitarla.


D.: ¿Está teniendo buena repercusión?
J.A.: Algunas de las personas que han conocido la galería han dicho que es la mejor de la ciudad en cuanto a espacio. Y a nivel de ventas hemos estado muy por encima de las primeras expectativas. Aún no sabemos qué líneas seguirá exactamente Kur pero intentaremos apoyar toda clase de iniciativas para satisfacer gustos muy diversos, tocando todos los palos del arte plástico, pintura, escultura, fotografía, instalaciones, etcétera. Poco a poco se llegará a todo.

D.: Has puesto el listón muy alto con Valdés.
J.A.: Era una manera de entrar. Ahora hay que tratar de mantener ese nivel, que no es nada fácil. Actualmente estamos exponiendo obra de Gregorio Iglesias Mayo, un pintor al que conocimos en Nueva York, un artista catalán interesantísimo y que llegará muy lejos. Hasta el 5 de febrero podemos disfrutar de su obra, un conjunto de telas de varias épocas que no deja indiferente, creando sensaciones tanto positivas como negativas. Presenta una visión muy particular de los lugares por los que ha viajado, como París o Nueva York, de sus metros, de las personas anónimas que forman parte de las masas urbanas, de sus perros, etc.

D.: ¿Cuáles son los vacíos que Kur quiere cubrir del galerismo donostiarra?
J.A.: Realmente no había grandes vacíos pero Kur se quiere diferenciar respecto de las demás por el tamaño del espacio expositivo y el tipo de artistas cuya obra se pretende mostrar en nuestra galería. Queremos que la gente de Donostia o los que visiten la ciudad puedan ver arte que normalmente sólo puede verse en Madrid o Barcelona o en salas institucionales. Soy consciente de que sin el mercado internacional, centrándome sólo en la ciudad, y existiendo como existen otras galerías con las que no quiero competir, Kur no podría vivir.

D.: ¿Cómo ayudarías a los donostiarras a perder el miedo a entrar en una galería?
J.A.: Hemos tratado que Kur sea una galería cómoda en la que la gente se sienta a gusto. Contamos con asientos en los que uno puede sentarse a leer revistas, echar mano de catálogos y demás. Queremos que no sea una galería fría en la que uno se sienta vigilado, encorsetado, sino un lugar amable en el que la gente pueda ver arte al igual que lo haría en un museo.

D.: ¿Qué consecuencias está teniendo que Kur esté tan próximo a un centro de tanta importancia como el Auditorio Kursaal?
J.A.: Ha pasado poco tiempo para saber el impacto que va a tener este espacio en la oferta cultural donostiarra. El año 2002 han pasado del orden de treinta mil personas por el centro de congresos, lo cual es muy interesante para nosotros, aunque estemos en un sótano. De haberse tratado de otra zona de la ciudad, probablemente no habría abierto la galería. Kur está en el lugar perfecto.

D.: Pensando en lo más inmediato, ¿qué le pides al 2003?
J.A.: Le pido trabajo y buenas exposiciones. Tenemos ideado realizar una exposición colectiva de artistas cercanos y también trabajamos la posibilidad de preparar una exposición al difunto Manuel Rivera, estamos en contacto con pintores de la Escuela de Chinchón, como Muñoz Vera, Juan Genovés. Tenemos mucho trabajo por delante. Para comienzos del 2004 tenemos programado estar presentes en Art Miami como expositores. Otra de las ideas es que las paredes de Kur puedan exhibir obra de autores internacionales.




David Roman Loinaz
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