|
 |
 |
 |
 |
ESPAÑA Y EL LÍBANO, 1788-1910, de Pablo Martín Asuero,
· Título: ESPAÑA Y EL LÍBANO, 1788-1910. VIAJEROS, DIPLOMÁTICOS, PEREGRINOS E INTELECTUALES
· Autor: Pablo Martín Asuero
· Editorial: Miraguano
· Año: 2003
· Páginas: 176; il. (32 p.); bibliografía
· Precio: 19 €
· ISBN: 84-7813-254-6
Hoy, lunes 26 de mayo, se presenta en el Instituto Cervantes (Estambul) el libro España y el Líbano, 1788-1910. Viajeros, diplomáticos, peregrinos e intelectuales, del escritor donostiarra Pablo Martín Asuero, conjuntamente con otra recientísima obra suya, Estambul, el ejército otomano y los sefardíes en textos en español, publicada en esa ciudad por la editorial turca Isis. Con este acto concluirá la Jornada de Historia Hispano-Turca, que prolonga la labor del I Congreso de Historia Hispano-Turca, celebrado del 31 de octubre al 2 de noviembre del pasado año y organizado por el Instituto Cervantes y la Universidad del Bósforo. Participarán en esta Jornada la periodista Klara Perahya y el investigador Özlem Kumrular. Previamente, tendrá lugar la conferencia España y el Imperio Otomano: Estambul, el Líbano y los sefardíes, que ofrecerá Martín Asuero, exponiendo los puntos de contacto entre ambas temáticas, menos distantes de lo que a primera vista, o en todo caso a los ojos de un lego, parecerían.
El autor, doctor en Filología Románica y actual Müdürü –director- del I.C. en la metrópoli turca, es experto en las relaciones históricas entre los territorios hispánicos y el Oriente Medio bajo la dominación otomana, y un buen conocedor de la Turquía contemporánea. Gracias a su reciente estancia en Líbano, entre 2000 y 2002, entró además en contacto con varias de las numerosas comunidades religiosas existentes en el pequeño país levantino -en el que la religión sigue teniendo un papel preponderante, también para los peregrinos que a esas tierras bíblicas llegaron-, cuyas tradiciones se han mantenido durante largos siglos, así como los documentos que complementan los estudios actuales sobre esa parte del antiguo Imperio Otomano.
La obra se estructura, tras un prólogo del veterano corresponsal en Beirut de La Vanguardia Tomás Alcoverro, en dos capítulos introductorios, dos secciones detalladas siguiendo las distintas ciudades (Beirut, Trípoli, Saida, Tiro y Baalbek) y ámbitos libaneses (primeras visiones, la montaña, los cedros y la naturaleza) visitados por quienes dejaron sus testimonios, la primera, y las comunidades libanesas retratadas (maronitas, drusos, metualis, y otros personajes), la segunda, y, por último, figura a modo de conclusión un apéndice sobre el Líbano actual, Vivir en el Líbano hoy, con análisis e impresiones de primera mano, basadas en la experiencia del autor durante dicha estancia.
Este complemento es especialmente pertinente; no por nada el libro forma parte de la colección Viajes y costumbres, un campo en el que abundan, por un lado, los testimonios y relatos de viajeros contemporáneos con mayor interés sociocultural que rigor narrativo, y a menudo impulsados por un mercado literario deudor de las modas y las convulsiones temporales de la Historia (sin ir más lejos, los reportajes o recuerdos proliferados en torno a Afganistán o Irak, últimamente), además del siempre vendible exotismo en un mundo en el que el margen aventurero se reduce progresivamente, y, por otro, los tratados académicos cuya completitud desborda al lector no especialista. En España y el Líbano, sin embargo, la perspectiva histórica y la actualidad se hallan en relación; si bien, obviamente, el primer aspecto es el más desarrollado, a partir de fuentes tanto españolas como europeas. Las citas no se limitan a apoyos de autoridad, sino que, de suficiente extensión en su mayoría, ocupan la propia voz de los testigos. Como bien se indica, ‘El viajero romántico utiliza el escenario del Mediterráneo oriental para desplegar su yo, irrumpiendo de esta manera en unos textos en los que en décadas anteriores el autor desaparecía tras los datos aportados’ (p. 28). De hecho, el Romanticismo, tardío en España, se manifiesta en muchas de las relaciones viajeras mencionadas.
El estudio se inicia en 1788 debido a que en ese año, en el que Carlos IV accedió al trono, y cinco después de que Carlos III y el sultán Abdül Hamid I firmaran las paces entre sus respectivos imperios (que a lo largo del siglo siguiente vivieron su mayor declive casi en paralelo), José Moreno realiza, ya abiertos los dominios otomanos al tránsito de los viajeros españoles, su viaje a Chipre y las costas de Siria, que incluyó como apéndice en la edición de 1790 de su Viaje a Constantinopla de 1784. A mitad del periodo, el conflictivo verano de 1860, y las matanzas subsiguientes a las luchas político-religiosas entre drusos y maronitas, en las que tomaron postura las potencias occidentales, decantaron la posición del neocatolicismo isabelino en la Península, para el que ‘los drusos son los verdugos, los cristianos las víctimas, pero no un tipo de víctima cualquiera, una víctima con carácter de mártir, y finalmente, los turcos son los espectadores pasivos del combate entre estos dos pueblos’ (p. 114). A partir de ese momento, la imagen meramente romántica de los viajeros ya no será posible, y las tensiones internas libanesas se tienen muy en cuenta por los diplomáticos e intelectuales, especialmente.
La fecha final, 1910, corresponde a la de la peregrinación de Ricardo Baeza, más conocido como Alí Bey, su heterónimo como príncipe abbasí, y es apenas diez años anterior a la constitución del Líbano como Estado independiente en los acuerdos de París de 1920. Por tanto, quedan fuera las crónicas en catalán del poeta Josep Carner, de mediados de los años treinta, y los testimonios de los mejores reporteros que cubrieron el largo conflicto libanés del último cuarto del siglo XX. Añadamos que fue precisamente a comienzos del siglo XX cuando las peregrinaciones a Tierra Santa, y también al Líbano, se popularizaron notablemente, como refleja por ejemplo el filme de Bille August Jerusalén (1996), basado en un díptico novelesco de la Nobel sueca Selma Lagerlöf.
Se arguye tan a menudo para encomiar una obra sobre asuntos particularizados que es ‘rigurosa pero amena’ que el lector de reseñas y críticas ha vuelto coriáceo su escepticismo. Este libro, en ese sentido, está destinado preferentemente a los interesados por la historia, la geografía, los amantes de los viajes y aun del arte (gracias a la notable selección de imágenes, en una edición de formato amplio a la que sólo cabe reprochar la ligereza de las tapas), pero, por la estructura dada, las apreciaciones y matices introducidos por el autor y el frecuente contrapunto de opiniones rescatadas, el panorama completo de la riqueza de las imágenes y perspectivas que un país especialmente cargado de connotaciones y de vicisitudes generó en los españoles e hispanoamericanos que lo conocieron antaño es capaz de despertar y acompañar la curiosidad del lector, esté o no familiarizado con el pasado de Oriente. La memoria fragmentada de ese pasado ha de reconstruirse permanentemente para acercarse a la verdad, que siempre es histórica. Y, como dice el novelista Javier Cercas, ‘la memoria es el cielo de los que no creemos en el cielo’.
(Ilustración: El diplomático Adolfo de Mentaberry, ataviado a la usanza arábiga)
Juan Miguel Perea
|
Juan Miguel Perea
|
|
 |
 |
 |
 |
|