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36º Festival de Cine de Sitges,
SITGES 2003 - FESTIVAL INTERNACIONAL DE CINEMA DE CATALUNYA
Trasladado al final del otoño por razones financiero-hoteleras, con menos glamour que en las últimas ediciones, escoradísimo hacia el cine asiático (una setentena de largos del Lejano Oriente –9 de las 24 a concurso-, dos quintos del total), el mayor festival de cine fantástico del mundo y el segundo de todos los españoles ha vuelto a demostrar, en una programación algo descoyuntada, y sobresaturante de las escasas salas, que las vías de renovación del género son pocas, vienen de lejos en la mayoría de los casos, y son de lo más sugerente. La reordenación de espacios y secciones, en las que el estreno de la paralela al concurso Noves visions apunta a reemplazar a Gran Angular, la abierta a otros géneros, ha favorecido el éxito de público. Por limitaciones acreditativas no accedimos a diversos pases únicos; de las tres decenas y pico vistas extraemos una, conjugando calidad, interés y viabilidad de estreno.
ZATOICHI, de Takeshi Kitano (Sección Fantàstic/Mejor película, Mejor música, Premio del público), ya premiada en Venecia, es la primera incursión de su imprevisible factótum en el cine de época, y en concreto en el tradicional cine de samuráis. Sobre el relato clásico de Shimozawa, que inspiró antaño una larga serie de filmes con el espadachín ciego protagonista, Kitano vuelca su impávida astucia, su suculenta ironía y su raro dominio del tempo, amén de colar varios insólitos y perfectos números musicales. Frente a la espectacularidad de Tigre y dragón o el esteticismo de Hero, actualiza la serie B de lides heroicas niponas con sobria lucidez, destellos de humor y una colorista poesía. Quizá Kitano esté algo mayor para el papel, pero lo aprovecha contrastando sus supuestas desventajas con una espada más eficaz que fulgurante, y todo ello sin enfatizar al estilo occidental la construcción del héroe. Una delicia.
GOZU (Fantástica/ Premio especial del Jurado, Mejores efectos visuales) y GRAVEYARD OF HONOUR (Orient Express), dos de los cinco títulos que trajo el hiperprolífico y homenajeado Takashi Miike, quien ya nos perforara las pupilas con Audition (1999), son dos vueltas de tuerca al cine negro de yakuzas, con la diferencia de que lo que en otros sería pasarse de rosca en Miike es desquiciadamente coherente. La deriva hacia el fantástico estrafalario de los presagios metafísicos y la nueva carne más bizarra, en el primer caso, en que un asesino ha de liquidar a otro, y hacia el retrato elíptico de una paranoia sórdida y de obsesivo erotismo en el otro, remake crudo y duro de un clásico de los setenta de Fukasaku sobre el auge y caída de un esbirro sin escrúpulos, es conducida sin casco ni luces de aviso: Miike hace lo que quiere, hace de todo, y lo mismo asombra que nos deja cara de póquer, pero siempre es adrenalina pura.
EL DETECTIVE CANTANTE, de Keith Gordon (Fantàstic/Mejor actor), ha fracasado en la taquilla americana, pero su distribuidora catalana tiene fe en el último guión que dejó el prestigioso Dennis Potter sobre su famosa serie para la BBC, en que un escritor de novelas negras con psoriasis (estupendo el irregular Robert Downey Jr.), rodeado por un reparto de lujo (Mel Gibson, Robin Wright Penn, Jeremy Northam, Adrien Brody), sueña y delira en el hospital, mezclando sus ficciones, deseos y recuerdos, y se imagina como detective de gabardina y gran crooner, lo que da pie a números musicales de estilo y color años cincuenta, en definitiva, fantasea desde su acomplejado fracaso hasta que asume su tremebunda infancia y recupera la tersura cutánea. Los elementos en juego tienen fuerza, pero su engarce temático y formal es fallido y quedan deslavazados; más allá del complaciente final, queda un filme de registros dispersos que no se asienta sobre ninguno.
QUI A TUÉ BAMBI?, debut de Gilles Marchand (Fantàstic), guionista de Harry, un amigo que os quiere, se sitúa también en un hospital, pero aquí la paranoia es bien real y realista: una joven y mórbida enfermera (Sophie Quinton, muy bien) descubre los turbios manejos de un misterioso cirujano, con riesgo creciente. Inquietante thriller de terror serio –vía francesa alejada de la truculenta-histórica-, construye con una cuidada y atmosférica banda sonora y una escenografía que resalta lo sospechoso de la asepsia ultramoderna la malsana tensión entre la inocencia, el deseo y las palabras que escapan a los límites de la conciencia, lo que no está lejos del viejo surrealismo. Los finales consecutivos apenas alivian la pesadilla de una crueldad esquiva y acechante, peor por la posibilidad de su cercanía. Un toque certero al imaginario del miedo.
CE JOUR-LÀ, de Raúl Ruiz (Fantàstic), chileno afrancesado desde hace décadas y nombre imprescindible entre los rastreadores de registros que a algunos siguen pareciendo cultistas, insiste en el surrealismo literal marca de la casa y elabora un Pero... ¿quién mató a Harry? hitchcokiano inverso, en el que no hay un cadáver sin dueño/asesino sino una víctima inocente, una romántica visonaria de ángeles, de quienes, casi todos, acaban siéndolo, conspiración mediante. Humor, absurdo, teatralidad bien entendida, un cierto, si se me permite la expresión cinéfila, chabrolianismo... Una sutileza que acaba siendo un divertimento con enjundia, como música impresionista. Y todo en el mejor día de la vida...
LE TEMPS DU LOUP, de Michael Haneke (Fantàstic/Mejor guión, Premio de la crítica), parte de una antiquísima profecía sobre los tiempos anteriores al fin del mundo y sitúa en la contemporaneidad los días posteriores a una catástrofe terminal de la civilización. Cuando sobrevivir es lo esencial y las certidumbres se reducen al mínimo egoísta, el frío escalpelo del austriaco (Funny games, La pianista) levanta con medios adecuados a la pobreza de lo representado una parábola escuetísima, en la que incluso Isabelle Huppert desvanece su protagonismo, de lo que nos esperaría si todo colapsara: anarquía, soledad atroz, pulsiones redentoras, huida sin horizonte. O quizá el horizonte sea el fuego, sean las hogueras, sea un ardor humano que los pesimistas no saben si cebar para que termine de consumirse o dejar que continue quemando todo. Una película oscura, sin asideros, atemporal.
MEMORIES OF MURDER, de Bong Joon-ho (Orient Express), vino del Zinemaldia (la única que no vimos entonces, ya nos excusamos) al Día de Corea, una pleitesía diplomática y una buena idea de especialización, con su espléndido tono de tragicomedia policial realista, a caballo entre la intriga de persecución a un asesino en serie también en la realidad no descubierto y la crítica social a un sistema burocrático ineficiente, inefectivo y definitivamente imbricado con una sociedad que en el puro cambio arrasa con las virtualidades éticas. La típica pareja de polis es aquí otra cosa, y la dialéctica entre formas de entendimento se erige en protagonista absoluta. Una vía integradora de géneros, y con un humor tanto más valioso cuanto infrecuente y perspicaz.
THE SADDEST MUSIC IN THE WORLD, de Guy Maddin (Gran Angular), que ganó el premio mayor el año pasado con un exquisito Drácula, sigue también sus adorados estilemas del cine mudo. En plena Ley Seca de los años treinta, una rica cervecera canadiense (Maddin lo es, de Winnipeg, a mucha honra) convoca un concurso para elegir la música mundial más triste: mientras se enfrentan mariachis y flamencos, se cuece un drama amoroso doblemente triangular entre un crápula, su padre y la potentada, una Isabella Rossellini a la que le faltan dos piernas de cristal, y el mismo crápula, su hermano, un sublime chelista serbio, y María de Medeiros, que además es nonfómana. Casi nada. Fiebre rítmica, fatalismo romántico, ideas esquinadas, un cine que es el contrapunto de todos los que abandonaron a Eisenstein, en fin, una reverbación estética que merece mejor suerte en un mundo tan camp.
TIMELINE, de Richard Donner (Gran Angular) y COLD CREEK MANOR, de Mike Figgis (Gran Angular), son las opciones escogidas por un acreditado veterano de la industria de los estudios y por nuestro inglés favorito, que tras el éxito de Leaving Las Vegas derivó hacia un experimentalismo multicámara (Time code, Hotel) digno de mejor causa, para reposicionarse en el sistema industrial, algo nada censurable si la causa vale la pena. Donner privilegia la aventura de castillo, flechas y espadas, en una fortaleza francesa del XIV, amorcito incluido, sobre el tópico viaje en la descacharrada máquina del tiempo, y sale airoso, y Figgis traza un juego de gato y ratones en una mansión alejada del mundanal ruido con Sharon Stone, Dennis Quaid y ayudas de Stephen Dorff y Juliette Lewis, que también son actores un tento alejados del mainstream. Problema: todo es previsible. Aportación innovadora: prácticamente nula.
Juan Miguel Perea Gassís
Foto: Ascension (Karim Hussain, 2003), Premio Noves Visions
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Juan Miguel Perea
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