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52º Festival de Cine de San Sebastián,

La ola de cine incordiante que recorre este año los festivales es el ápice de la mar gruesa del profundísimo malestar de un mundo de desastres globalizados: las mareas vivas de septiembre han traído a la Zurriola no sólo el riesgo y la independencia, bandera/escudo del certamen en las últimas y penúltimas ediciones (¿el margen que dejaban Cannes, que traga todo, y Venecia, glamour más autoría clásica?), sino el compromiso más fehaciente y menos complaciente. La confluencia inusual en el concurso de directores amigos, premiados antes o no (Aristarain, Bier, Dupeyron, Guédiguian, Sayles, Sorín, Winterbottom) lo ha propiciado, y elevado la calidad media. En una estructura sin cambios, con reajustes presupuestarios y recorte de fechas, el Palmarés, al contrario que el año pasado, ha dado en la diana principal, con pedreas discutibles. El recordado Fernández-Santos hubiera amado esta 52ª edición.
[Nuestra selección se basa en 47 de los 54 títulos programados en las dos principales secciones]





SECCIÓN OFICIAL

· Las tortugas pueden volar, de Bahman Ghobadi (Concha de Oro, C.E.C.), es la mejor Concha desde Principio y fin, de Ripstein, allá en el 93. Fulgurante y oscura belleza, surgida casi espontáneamente del vertedero humano de un campo de refugiados kurdos en la frontera turco-iraquí, antes y durante la invasión yanqui. Niños y chavales de pasado difícil y futuro imposible, desde una inocencia desesperada, vehiculan la mirada hacia la mueca cruel y arrolladora de una miseria adulta inconsciente de sus causas y consecuencias, como esas minas convertidas en monedas de cambio y de dolor. La ternura atisba entre las pulsiones de muerte. Un contrapunto, si no necesario, convulsamente hermoso para comprender este desquiciado milenio.

· Omagh, de Pete Travis (Mejor Guión, C.I.C.A.E. Europea), producida y escrita por el director de Bloody Sunday, parte de la masacre del IRA Auténtico, en 1998, en esa ciudad norirlandesa, para denunciar la ineficacia policial y las componendas políticas de un proceso de paz desigual, vividas por las familias de las víctimas de un terrorismo más cruel por terminal, en una trama perversa que allí sí ha podido reconstruirse. Con un Gerard McSorley magnífico como padre amputado y portavoz desbordado, y un estilo directo deudor del documental, es tan políticamente incorrecta como humanamente recta, y reivindicadora de una dignidad sin otro límite que la justicia.

· Sumas y restas, de Víctor Gaviria, era a priori mi gran esperanza del cine latinoamericano. El personalísimo autor de La vendedora de rosas se retrotrae a su Medellín de dos décadas atrás, cuando el auge del narcotráfico, entonces moralmente ambiguo como una rebeldía delicuescente, involucró a la clase media antioqueña con los traquetos, a la sombra de los grandes capos. La supervivencia de los valores burgueses se revela tan difícil como la física, cuando la vida vale dos insultos y la violencia repica más que las campanas. Falta la poesía arrebatada en el conflicto moral del protagonista, valen mucho los actores naturales y su problema básico es que lo narrado ya hemos creído verlo; pero es una reflexión inesquivable sobre las raíces de los conflictos de la sociedad colombiana actual.

· Nine Songs, de Michael Winterbottom (Fotografía), da lo que promete, música y sexo reales, ni menos ni más. Una cámara digital comparte la intimidad erótica de una pareja londinense actual, que folla, va a conciertos (que suenan parecido) y hasta desayuna amorosamente. Como la vida misma, claro, pero los adictos a las teleseries costumbristas se resisten. Se empieza por decir amor físico en vez de corporal y se acaba viendo porno en la viga, o verga, ajena, y así no se asume que entre la pornografía comercial y el fundido en negro cuando las sábanas bajan hay una naturalidad esquiva y libidinosa tan gozable como una canción, estilema de este apunte de lo que podrían ser cualesquiera otros rolletes, o rollos menos mojigatos y con más Antártidas distanciadoras desde una avioneta, ay qué nostalgias...

· El cielito, de María Victoria Menis (ARTE, C.I.C.A.E. Arte y ensayo, Solidaridad), venía, a través de la proyectual sección Cine en Construcción, como otra aportación del fértil cine argentino, pero ha destacado, mucho más allá de sus concomitancias con El cartero siempre llama dos veces -la de John Garfield-, por su sensibilidad minuciosa y progresiva, su ternura cegadora y su ingenuidad terminal. Un chaval ayuda en la granja perdida un matrimonio implausible de cuyo bebé se encariña. Eso le renueva la vida y le abocará a su final, en plena devaluación del peso; pero lo importante no es eso, y eso es lo importante.

· Silver City, de John Sayles, reivindica la atención transversal a los medios dominantes no sólo ante la funestible reelección de W. Bush sino ante las manipulaciones inanes del dinero = poder, en una trama necesariamente compleja que apunta a las complicidades de la inmigración ilegal, los canales emegentes –internet- y los corporativismos algo obvios, apoyado por un reparto coral extraordinario. Una voz política que grita doble en el desierto.

Qué pena, qué alegría, que no nos quepan ditirambos para tantas otras que concursaron: Carta de una desconocida, de Xu Jinglei (Mejor Directora), elegante versión pre-Mao de la novela de Stefan Zweig; Bombón-El perro, del intimista patagónico Carlos Sorín (FIPRESCI), en una historia mínima sagazmente desarrollada; Roma, de Adolfo Aristarain, sobrediscursiva exégesis de su edipismo memorialístico hispano-argentino, tan querido por ello y a pesar de ello; Sueño de una noche de invierno, de Goran Paskaljevic (Espacial del Jurado, Signis), desgarrado intento de reconciliación en un país, Serbia, roto por los belicismos nacionalistas y personales; o Clandestino, de François Dupeyron, y Tarfaya, de Daoud Aoulad-Syad, dos actualísimas aproximaciones al trasfondo de la emigración al Primer Mundo, por más que esa Inglaterra y España nos parezcan fantasmas soñados desde el exterior de la fortaleza.





ZABALTEGI

· Notre musique, de Jean-Luc Godard (FIPRESCI 2004), entronca con Le petit soldat y For ever Mozart, los mejores títulos sobre guerras del santón más imprescindible de la vanguardia imperecedera. Con una lucidez estremecedora, a salvo de ridículos y con chispas cinéfilas, sigue a Dante en un Infierno de montaje humanamente desesperado, un Purgatorio libresco en Sarajevo (que también es una ciudad-metáfora), y un Paraíso sardónico y breve. Ficción, ensayo, poesía documental...: Godard vence los géneros y nos conmina a saber la terribilidad de la violencia, del suicidio por principios, de la inhumanidad que abastecemos día a día. Con músicas de ECM, sin embargo.

· Diarios de motocicleta, de Walter Salles (TCM del Público), narra apocopadamente el seminal viaje por Sudamérica, en 1952, de Alberto Granado y Ernesto Guevara, y su toma de conciencia de las desigualdades lacerantes y del panamericanismo. El Ché ya iba, según Salles, derechito al santoral, no como su amigo, un tanto pendón. En esta buddy road movie social, basada en los relatos de ambos, las complicidades se presuponen, la recreación de época es notable y el humor traspasa las fronteras, que siguen siendo mentales y económicas; pero más arriba de Perú, de la leprosería ribereña, nos quedamos in albis de lo que significó.

· Moolaadé, de Ousmane Sembene, patriarca del cine africano (el otro es el egipcio Yussef Chahine, ¿para cuándo una retrospectiva?), concentra en un pueblo común la lucha contra la ablación del clítoris, atávico rito de purificación mantenido por el poder de la tradición supuestamente islámica, machista y antimoderna; sin aludir al salvajismo sexual que supone, y ante la débil resistencia del emigrado con éxito, la conciencia heroica de una madre se enfrenta al sistema represor. Un guión claro y unos actores populares allí redondean una estupenda parábola sin énfasis irreales, que va a estrenarse.

· María, llena eres de gracia, de Joshua Marston, premiada en Sundance y Berlín, resume la peripecia de las mulas colombianas que arriesgan sus entrañas en el acarreo aéreo de droga hacia EE.UU. La pobreza y el maltrato, la ambición de una vida mejor, cierta inconsciencia, el abuso y la crueldad de la codicia jalonan el via crucis de una joven embarazada que sobrevive intuitivamente. Marston contó con medios y maneras comerciales aunque su temática no lo sea, y Catalina Sandino está espléndida. Esperamos la réplica europea, el retrato veraz de los eslabones débiles de la atroz cadena.

· Vera Drake, de Mike Leigh, León de Oro en Venecia, revive el caso real de una mujer, la magnífica Imelda Staunton, que en el Londres de la posguerra procuraba inseguros abortos por una vocación de ayuda en la que era explotada. La miseria moral y judicial de la época, una familia patética y una sociedad sepultada son tratadas por Leigh con su habitual acidez y una ternura solidaria con más matices, para atacar al antiabortismo penalizador desde las consecuencias de los más inocentes.

· Whisky, de Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll, uruguayos, es una sorpresa que apetece muchísimo destacar. Con la precisión de un relato borgiano y el humor de Cortázar, por no remontarnos a su compatriota Felisberto Hernández, funciona implacablemente este minimalista micromundo de vidas frustradas y silencios elocuentes. Un frío trío imposible con matrimonio fingido y hermano disonante, como su humor judaico, sus calcetines, sus equívocos de soledades y mezquinas generosidades. Si se le coge el punto, fascinante.

· A Way of Life, de Amma Asante, híspida radiografía del racismo que anida en los arrabales ingleses y en una primera juventud desquiciada por la falta de oportunidades de vida y felicidad siquiera convencionales, se excede formalmente pero recoge la rabia marginal que rodea a una madre adolescente en un entorno hostil, que encabeza sin que podamos inmunizarnos ante su frustración con recetas fáciles. Stephanie James destaca en este recordatorio de que Anderson en los 60, Frears en los 80, o Leigh en los 90, también hurgaban en las cloacas de la desestructurada sociedad inglesa.

· La sombra del caminante, del colombiano Ciro Guerra (Cine en Construcción 2003), une a un cojo con un ciego, silletero a 28 pesetas, para trazar el estado mental que es Bogotá y el emocional imposible que es Colombia: la amistad urbana por desesperación pasa a ser una venganza irredenta del demonio de la violencia, en un giro acaso excesivo pero condensador de la fractura de un país a medio hacer.

Zhang Yimou, en La casa de las dagas voladoras, sobrepasa a Tigre y dragón en peripecias y efectos visuales, sin llegar, a pesar de su belleza plástica, a sus cotas sensibles de los 80 ni a las urbanas de los 90; Comme une image, de Agnès Jaoui, que firma con Jean-Pierre Bacri inteligencias como Para todos los gustos y guiones para Resnais, es cine francés del que gustan allí: comedia, cultura, brillantez, etc.; perspicacia para adivinar las mezquindades... Y, por si se estrenan finalmente, damos un toque contundente a la argentina Cama adentro, duelo de grandes actrices, la neozelandesa In My Father's Den, melodrama con demasiadas vueltas, y la danesa Día y noche, por plantear el suicidio como lo hizo Camus, el único problema filosófico real.

· Documentales: en las distintas subsecciones de Zabaltegi, han destellado Super Size Me, de Morgan Spurlock, andanada michaelmooriana contra McDonald’s, la obesidad y la comida basura, Salvador Allende, de Patricio Guzmán, el mejor explicador posible del personaje central de aquella batalla democrática tan brutalmente acallada, y moderadamente hagiográfico, Looking for Fidel, de Oliver Stone, que completa el retrato de Comandante con un entrevista coyuntural sobre los temas políticamente candentes en 2003, con un Castro a la defensiva, Perseguidos, de Eterio Ortega, que sigue la vida cotidiana de dos concejales vascos escoltados por la amenaza etarra, y Rejas en la memoria, de Manuel Palacios, que indaga en los campos de concentración de la larga, larguísima posguerra franquista.


Juan Miguel Perea




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