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DEVORADOR DE PECADOS, de Brian Helgeland,
Devorador de pecados (The Sin Eater)
EE.UU., 2003.
Dirección: Brian Helgeland.
Guión: Brian Helgeland.
Fotografía: Nicola Pecorini.
Montaje: Kevin Stitt.
Música: David Torn.
Intérpretes: Heath Ledger, Shannyn Sossamon, Benno Fürmann, Mark Addy.
Frase: Los ruiseñores se fueron.
Sinopsis en una frase: Un joven y guapo cura de la esotérica, carca y terminal orden de los carolingios se transforma en un semidiós potencialmente inmortal y con capacidad de perdonar todos los pecados de cualquier alma tras enfrentarse con el anterior y maléfico usufuctuario de la franquicia, una novia de olla ida y un cardenal más malo que el mismito diablo.
Epiglosa: El Tema de esta película es la confesión; luego la culpa, la redención, etc. Seguro que sale alguno diciendo que es una epimetáfora de un país que siente especialmente esas pulsiones luego de sufrir los atentados del 11-S y arrasar Irak, etc.; pues allá él. A mí me pareció una variación perversa de esas noveluchas vaticanas de Morris West, a partir de una idea latente que da juego desde hace siglos, pero ante todo me recordó una novela inolvidable de Simone de Beauvoir, Todos los hombres son mortales. En ella, un noble de Ferrara que se volvió inmortal gracias a un brebaje, sortilegio o lo que fuera, cuenta sus siglos, la maldición de su eternidad, a un testigo contemporáneo. Por ahí me hubiera interesado más, no por esa intriga teológica en la que cada pieza encaja porque, y sobre todo cuando le conviene al guionista. Por cierto del guionista, el oscarizado Helgeland de L. A. Confidential, del que acababa de admirar su labor en Mystic River, vaya boñigazo le ha salido después de esos huevos de oro: pero hombre de Dios, o del Diablo, cómo nos viene a estas alturas con una historia en la que todo el rato los protagonistas se explican entre ellos lo que usted quiere explicarnos a nosotros, para que sigamos una trama que no puede desplegarse precisamente porque se la pasan explicándo(se)(nos)la, ¿eh? Por no hablar de la pedestre calidad de los diálogos de algunas escenas, o de la postsecuencia de la tentación definitiva del carolingio, a saber, la de la carne: por fin se acuesta con la chica, y a la mañana siguiente aparece ahí tres segundos el devorador de pecados, para decirle que no la despierte, y corta. Puede aparecer en cualquier sitio cuando le plazca, pero la víspera le tentó al curita en otro sitio, ¿a qué ha venido ahora, a comprobar el ayuntamiento carnal, para que sepamos que él lo sabe, y por tanto hará tal o cual cosa? En fin, otro fleco suelto. Lo que sí se sale de lo corriente es el diseño escenográfico, y no por reproducir el interior del Vaticano o por la sala de estudio del devorado maestro de los carolingios, que también, sino por la nave del papa negro, con ese toque hiperlóbrego a lo Piranesi. Pero no es suficiente, y en general acaba cansando, un pecado difícil de perdonar...
Juan Miguel Perea
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Juan Miguel Perea
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