Donostilandia
Inicio »  EL CID, de Anthony Mann,
Categorías
  Cine
  Música
  Literatura
  Artes plásticas
  Artes escénicas
  Locales

  Galería de fotos

Opciones del artículo
Versión para imprimir
Otros contenidos publicados por Juan Miguel Perea

Donostilandia
  Nosotros 
  Vosotros 
  Nuestro foro 







Get Firefox!


EL CID, de Anthony Mann,

El Cid (El Cid)
EE.UU., 1961.

Dirección: Anthony Mann.
Guión: Philip Yordan, Fredric M. Frank.
Fotografía: Robert Krasker.
Música: Miklos Rozsa.
Montaje: Robert Lawrence.
Efectos especiales: Alex Weldon, Jack Erickson.
Vestuario: Gloria Mussetta.
Maquillaje: Mario van Riel.
Decorados: John Moore.
Dirección artística: Veniero Colasanti.
Diseño de producción: Veniero Colasanti, John Moore.
Producción: Samuel Broston, Anthony Mann.
Duración: 184 minutos.
Estreno: 5 de diciembre de 1961 (Londres), 27 de diciembre de 1961 (Madrid, Cine Capitol).

Intérpretes: Charlton Heston, Sofía Loren, Raf Vallone, John Fraser, Génévieve Page, Gary Raymond, Herbert Lom, Massimo Serato, Douglas Wilmer, Frank Thring, Hurd Hatfield, Ralph Thurman, Andrew Cruickshank, Michael Hordem, Christopher Rhodes, Carlo Giustini, Gerard Tichy.


El Cid es la típica película famosa, de tema histórico y larga que los no muy mayores hemos visto alguna vez, acaso incluso dos, por televisión, y de la que nos queda la duda de si valdría la pena volver a verla, duda acrecentada periódicamente por emisiones como, por ejemplo, la de la fastidiosa, más que ridícula, Orgullo y pasión, de Stanley Kramer (1957), con la Loren y Sinatra arrastrando un cañón gigantesco de Compostela a Segovia pasando por Toledo, nada menos, ante las desorientadas narices de Cary Grant, que el pelma de Garci programó el 18 de agosto del año pasado; y la más pugnaz de qué tal resistiría hoy en día un pase en pantalla grande. Pues bien, en el pasado Zinemaldi hemos tenido dos oportunidades de comprobarlo: el 24 de septiembre, en la sala Astoria 5, a las 16:00, y el día 25, a la misma hora, en el Príncipe 2. He de decir que dejé pasar las dos; el 24 estuve viendo a esas (tres) horas otra de Mann, Tierras lejanas, y luego el documental Perseguidos, y el 25 revisé Todos dicen I love you, de Woody Allen, y me dirigía hacia los Astoria para ver Salò de Pasolini.

Otra vez, será, o no. Para orientar a los que mantengan iguales o similares dudas, contamos con un estudio sobre este título, a la luz de la historiografía moderna, de Juan Antonio Barrio, de la Universidad de Alicante, institución que publicó en 1999 el volumen Historia y cine, editado por José Uroz, y del que El Cid de Anthony Mann, a través del cine histórico y la edad media formó parte, que a continuación a) extractamos y entrelazamos; b) intertextualizamos. El profesor Barrio ofrece también, como apéndice, un detallado análisis comparativo de la cronología histórica de los hechos en relación a los narrados o descritos en la película; lo mencionamos para los eventuales retromitómanos, pero no nos detendremos en él.

La primera idea de realizar una película sobre el Cid fue de Rafael Gil, al comienzo de los años 50. Vicente Escrivá, asesorado por Gonzalo Menéndez Pidal -no confundible con su padre Ramón-, preparó un guión que Francisco Rabal interpretaría, y llegaron a fijarse localizaciones en Burgos, Silos, Cardeña y otros lugares. Más tarde, el productor Samuel Bronston, al poco de instalarse en España, compró a Gil los derechos de la historia, contrató al guionista Philip Yordan, uno de los perseguidos por la caza de brujas, autor del guión de Johnny Guitar (1954) y de cinco títulos anteriores de Mann, entre ellos El hombre de Laramie (1954), para escribir un nuevo texto, destinado a Anthony Mann, y rehizo también por entero el reparto: Mann quería para el papel de doña Jimena a su mujer Sara Montiel, que recomendó a Sofía Loren, Bronston quiso a Charlton Heston, que venía de estrenar Ben-Hur (1959), y aún le faltaban unas cuantas grandes historias, y lo tuvo; incluso el primerizo Sean Connery fue candidato a un papel, el de Fáñez.

Al régimen franquista le entusiasmaba la idea de que se rodasen en España películas de alto presupuesto, con proyección internacional y sobre mitos patrios como el Cid, con cuya figura como salvador de España el mismo Franco se sintió identificado durante toda su vida: al parecer, a finales de los años veinte un párroco local asturiano le auguró ser el continuador de las hazañas del Cid y de don Pelayo (esta imagen providencialista se repite en la película cuando Rodrigo recibe de un religioso el presagio de su destino glorioso como Salvador de España, visión que se repite a lo largo del filme, produciéndose un paralelismo vital entre el héroe castellano y el dictador español); en 1936 declaró a los alemanes su deseo de que le considerasen no sólo el salvador de España sino también el salvador de Europa de la expansión del comunismo; durante los días anteriores a la toma del Alcázar de Toledo pensaba que podría convertirse en un mito semejante a las leyendas atribuidas al Cid, y finalmente su proclamación como jefe del Estado con el título de Caudillo le equiparó obsesiva y definitivamente a los jefes guerreros del pasado medieval español.

En cuanto a los conceptos históricos utilizados, hay algunos muy discutibles o directamente insostenibles. Dice Barrio que hay una utilización abusiva del término España y una visión de la historia peninsular de la segunda mitad del siglo XI absolutamente histriónica y distorsionada. En la introducción se afirma que El Cid (...) convocó a todos los habitantes de España a luchar contra el enemigo común que amenazaba con destruir los hombres y las tierras y la civilización florecida; a los almorávides se los presenta como fanáticos y sanguinarios, y al emir Yusuf como uno de los más fanáticos de la historia. No sabemos si esas frases fueron del represaliado Yordan o dictadas desde el Ministerio de Información y Turismo, pero nos preguntamos si formaron parte, décadas después, del grumo inconsciente que está detrás de la lamentabilísima reciente conferencia de Aznar en Georgetown.

Por otra parte, el concepto del honor que aparece en la película, o la ofensa por abofetear con un guante a un rival, escenas están tomadas de los clásicos Las Mocedades del Cid (1618), de Guillén de Castro, y El Cid (1636), de Corneille, no hacen sino introducir la mentalidad propia de la nobleza europea del siglo XVII, en torno al honor y la ofensa, en la corte de Burgos en el siglo XI, en la que mucho peor era tirarle de las barbas al oponente, por ejemplo (bueno, y en uno de los primeros fueros que tuvo San Sebastián derribar a alguien de un puñetazo podía castigarse con la pena de muerte: no se andaban con chiquitas...).

Vayamos con los anacronismos, desorbitados y desbordantes, hasta hacer de la película toda una licencia cronológica al no respetar en absoluto el más mínimo rigor histórico. La vida de Rodrigo Díaz de Vivar transcurrió durante los reinados de Fernando I, Sancho II y Alfonso VI de Castilla. Los autores de la película han reducido la trama a tres periodos: el primero, que ocupa la primera hora de la cinta, ha de situarse antes de mayo de 1063, ya que aparece Ramiro I, que murió en dicha fecha; el segundo, que sucede tras la muerte de Fernando I en diciembre de 1065 y los acontecimientos posteriores, que en la historia se desarrollaron varios años después, pero que en el film se hacen transcurrir a continuación, inmediatamente: Sancho muere poco después de su padre, cuando realmente fue rey durante siete años, y por último los años finales. Más: a Al-Mutamin, que murió en 1085, se le sitúa en el lecho de muerte del Cid, en 1099; otro personaje árabigo importante, Ben Yusuf, muere en la película al mismo tiempo que el Cid, cuando realmente le sobrevivió siete años. Y así unas cuantas cosillas, como el número o el sexo de los hijos del Cid, etc.

Un aspecto interesante es el tratamiento dado a algunos personajes, especialmente al rey Alfonso VI, que sigue el perfil negativo trazado por Menéndez Pidal: un monarca egoísta, niño mimado, falto de confianza y que no soportaba el triunfo ajeno. La documentación, empero, más allá del aún incierto juramento de Santa Gadea, nos habla de uno de los gobernantes más prestigiosos de su tiempo, que dirigió durante casi cuarenta años un reino en expansión, conquistó la entonces importante Toledo y abordó con decisión la reforma eclesiástica a partir del 1080, apoyándose en el nuevo orden gregoriano. En todo caso, la película permite al final redimirse a los dos personajes cristianos peor tratados, el conde García Ordóñez y el rey Alfonso VI. El primero muere heroicamente en manos de Yusuf, proclamando su inquebrantable lealtad al Cid inmortal, y el segundo acude al lecho de muerte del héroe a implorar perdón de rodillas a un Cid que se muestra firme ante la muerte y le pide que no se humille; combatiendo junto al cadáver del Cid, vencedor después de muerto, Alfonso VI encuentra su destino final y es testigo de la salvación de España, para gloria suya y descanso nuestro.

No hablemos de los recios amoríos con doña Jimena, dejemos algo de intriga... Y ejercitemos la imaginación: a la vista del postrer decurso del aznarato, si el ministrable de Cultura que tuviese en mente Rajoy hubiere contado con buenos contactos entre la industria de Hollywood, ahora hubiéramos podido asistir al rodaje de un remake de El Cid reguionizado por Sánchez Dragó y protagonizado, por ejemplo, por Mel Gibson, al que tan bien le van los faldones de adalides liberadores. ¿Hubiera cabido mayor corrección política bushista, en pleno choque de civilizaciones...?

En fin, aunque Anthony Mann llegó a afirmar que Ojalá El Cid hubiera sido mi primera película, entonces todos dirían que soy un genio, pocos críticos sostendrían hoy tan rotundo juicio. Sin embargo, económicamente fue uno de los escasos éxitos de la aventura bronstoniana en España, si bien las cifras disponibles fluctúan entre un presupuesto de 6-18 millones de dólares, de la época naturalmente, y una recaudación de 12-30 millones; misterios de la estadística, y del fraude de taquilla... Y, como es sabido, Orson Welles acabó aprovechó el vestuario de El Cid para Campanadas a Medianoche (1965). Ya dicen que no hay mal que por bien no venga...


Juan Miguel Perea

(Imagen: Anthony Mann, entre Silvia Koscina y Birgit Bergen. San Sebastián, 1961)




Juan Miguel Perea
[  Nosotros   Vosotros  ]