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HÉCTOR, de Gracia Querejeta,
Héctor
España, 2004.
Dirección: Gracia Querejeta.
Guión: Gracia Querejeta y David Planell.
Fotografía: Ángel Iguacel.
Música: Ángel Illarramendi.
Montaje: Nacho Ruiz-Capillas.
Duración: 107 minutos.
Estreno: 7 de mayo de 2004.
Intérpretes: Adriana Ozores (Tere), Nilo Mur (Héctor), Damián Alcázar (Martín), Unax Ugalde (Gorilo), Joaquín Climent (Juan), Nuria Gago (Fanny), Pepo Oliva (Tomás).
· En primavera, con el primer sol y los últimos exámenes, los cines se vacían, y la industria aprovecha para dar salida, con moderada promoción, al remansado tropel de títulos hispanos de los meses anteriores, y europeos de escaso tirón, para acumular cuotas de distribución con vistas a los rompetaquillas veraniegos... estadounidenses, claro. Es así desde hace tiempo, hecha la ley hecha la trampa, y hasta que no cambie aquélla y su perverso sistema de cambio de cromos, lo que podemos hacer es otear presurosamente por dónde se mueve el cine que las mejores fechas desdeñan.
· En el 7º Festival de Málaga de Cine Español, uno de los recursos para paliar ese estado de cosas, el 1 de mayo ha ganado los premios a la Mejor Película y Mejor Actriz, sendas Biznagas de Oro, Héctor, el cuarto largometraje de Gracia Querejeta (Madrid, 1962), que fue actriz incipiente, ayudante de dirección y montaje, cortometrajista premiada en el certamen de Bilbao, con Tres en la marca, y documentalista (codirección de El viaje del agua -1989, Premio Goya en 1990-, Primarias o El trabajo de rodar, de 1994), antes de realizar en 1992 Una estación de paso (Premio Especial del Jurado en el Festival de Valladolid), sin duda su filme anterior con el que el actual guarda más relación.
· Lo cierto es que tanto ese como El último viaje de Robert Rylands (1996) y Cuando vuelvas a mi lado (1999, Premio Especial del Jurado y Premio a la Mejor Fotografía en el Festival de San Sebastián) giraban en torno a la ausencia o el misterio de un progenitor -que aquí pasa a ser la madre-, el peso del pasado, los itinerarios emocionales iniciáticos de los protagonistas, en busca de, o encontrados por, los propios hallazgos de su periplo moral, y la subsiguiente autorreconciliación, y, en suma, el complejo universo de las relaciones familiares.
· En primer plano, los miedos cotidianos y universales que van asaltando, dominando o resistiendo a personajes poco sofisticados (Querejeta dixit), pero enteramente verdaderos, en el paisaje social de las clases humildes en un barrio popular de Madrid, Aluche -y Móstoles-, que le da una diáfana luminosidad al estilo visual del filme, alejándolo de la luz dramática habitual y acercándolo a la calidez humana de sus criaturas. Son veinte días en la dolorosa vida de Héctor, un adolescente de temple serio para sus 16 años, que acaba de perder a su madre, con la que mantenía un singular amor/odio, y es acogido por su tía Tere, por quien supo tres años antes de la existencia de su aún ahora desconocido padre, y cuyo marido, Juan, afronta un ascenso profesional que se convierte en un dilema moral, vinculado a su hija y su trato por los hombres. Casi coprotagonista es la empática Tere, un ama de casa al borde de la frustración que encuentra un nuevo sentido a su vida no tanto en su sobrino cuanto en la comprensión de que sólo si las soltamos de verdad, si las dejamos volar, podemos retener a nuestro lado a las personas que queremos (la voz en off no es más literaria de lo inadecuado, y contrasta como recurso con la buscada elusión de los flash-backs para la evocación de la madre muerta, algo fundamental). Héctor retiene, sin hosquedad, sus sentimientos de rabia, desconcierto, tristeza, alivio...., y, como un rayo luminoso que atraviesa fugazmente un territorio, al decidir entre su familia y la aventura allá lejos, abate su muro de cargas y culpas, para intentar saber recomenzar una nueva vida más feliz (a Nilo Mur, coetáneo de su personaje, le hemos visto en El celo, de Antonio Aloy (una versión más, que pasó por Zabaltegi, de la novela de Henry James Otra vuelta de tuerca), la estupenda El mar, de Agustí Villaronga, y en la recién estrenada La mirada violeta, de Nacho Pérez de la Paz y Jesús Ruiz).
· Querejeta narra con sigilo, transparencia y una encomiable y madura contención dramática, que aquí menos que nunca es frialdad, las mínimas acciones ambivalentes, las motivaciones difusas y aplazadas, los ocultos vericuetos emocionales de unas situaciones próximas, reconocibles, atravesadas por la sinceridad. Otro modelo de crónica sentimental honesta, en suma, para los que huimos de Cuéntames y Serranos...
Juan Miguel Perea
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Juan Miguel Perea
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