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KILL BILL VOL. 1, de Quentin Tarantino,
Kill Bill Vol. 1. (Kill Bill Vol. 1.)
EE.UU., 2003.
Dirección: Quentin Tarantino.
Guión: Quentin Tarantino.
Fotografía: Robert Richardson.
Música: RZA.
Montaje: Sally Menke.
Intérpretes: Uma Thurman (La Novia), Sonny Chiba (Hattori Hanzo), Lucy Liu (O-Ren Ishii), Vivica A. Fox (Vernita Green), Daryl Hannah (Elle Driver), Michael Madsen (Budd), David Carradine (Bill), Chiaki Kurijama (Gogo Yubari).
Es sabido que Quentin Tarantino, uno de los pocos directores a los que ya con dos películas les había crecido un adjetivo, tarantiniano, se cayó de pequeño en una marmita de celuloide, una noche en que el druida había mezclado más especias setenteras de lo habitual, y de allí salió con la frente hipertrofiada y una mente llena de mandobles eléctricos, que descarga sin prisa: lejos de la cadencia productiva de Oliveira o Allen, seis años hemos debido esperar desde su penúltimo estreno, mientras se liaba con un gran proyecto sobre la 2ª Guerra Mundial, que ahora son tres guiones independientes, y tras el limbo en que lo ha tenido varios meses una pugna empresarial entre distribuidoras, ansiosas de una tajada que la actualidad, mucho más cruel, habrá seguramente desbaratado.
Pero cuando da, da dos veces. Por su contundencia indiscutible, porque esta vez sus avariciosos productores, los astutos Weinstein de Miramax, ha segmentado en dos entregas lo que sumado no pasa de 205 minutos, una duración últimamente normal para los blockbusters revientataquillas, y porque él sabe que nosotros sabemos que él sabe que todo lo que haga va a ser examinado minuciosamente, y probablemente copiado, aunque peor de lo que él, sin prejuicios euroautorales, lo hace. O sea, que sigue siendo una referencia mundial en el cine negro en general y en el de acción postmoderna en particular (y no nos vengan a discutir ahora el concepto de postmodernidad, que ya tiene cinco lustros, oyes pues).
Bien, pues aquí tenemos ya el 4º título de QT, la primera parte de la rabiosa, astuta y mayúscula venganza de La Novia, una asesina a sueldo a quien sus compinches, el Escuadrón Asesino Víbora Letal, no rematan ante el altar, y cuya perdida maternidad la solivianta al punto de planificar su eliminación sucesiva según códigos genéricos específicos. Bueno, esto en realidad es cosa de QT, que liquida pronto, en un par de secuencias tremebundas, a la Memba Negra, según los cánones de la blaxploitation a la que ya homenajeó en Jackie Brown, y dedica a la defunción de la nipona O-Ren Ishii el grueso del metraje, según amplia panoplia de clásicos de la espada. Por ahí nos vamos a meter: QT hace lo que le da gana, a ver si le seguimos, nos des/reorienta continuamente, y esa es su asumida prelación ante el espectador, pero no puede negar que la estructura narrativa, de un entrelazamiento espaciotemporal a medio camino entre la linealidad fundamental de Jackie Brown y el descoyuntamiento musical de Pulp fiction, está descompensada: por maravillosamente elegíaco que sea el duelo final sobre la nieve, la batalla de La Novia en La casa de las hojas azules, ese virtuoso ballet, toda una ceremonia letal que tardó ocho semanas en rodarse (era la primera vez que QT se enfrentaba a una secuencia de acción tan amplia) y en la que la katana fetichizada da cuenta de unos noventa tipos, es de una prolijidad retardataria propia de los sueños, y el poderío hipnótico debería ir por otro lado. A esas alturas, el despliegue de recursos cinéfilos, desde Kurosawa al anime japonés, el cine de artes marciales, Sergio Leone, las series televisivas, los silueteados, etc., o nos han entusiasmado en el neto reconocimiento del talento o nos han destilado una incómoda sensación de tío-pon-algo-de-tu-parte [para profundizar en su universo referencial, consúltese el estudio de Quim Casas QT, La puesta en escena del reciclaje, en Dirigido por... nº 330, enero 2004].
En cuanto a sus innovadoras formas visuales, ahí está la espléndida fotografía de Robert Richardson, que ha hecho 11 películas con Oliver Stone y tres con Scorsese, además de títulos como El hombre que susurraba a los caballos, La nieve sobre los cedros o Las cuatro plumas, y que aquí ha filmado en formato Super 35mm -con cámaras Panavision Platinum y lentes Primo, en concreto-, superando las reticencias hacia ese formato de QT y las suyas propias, tras las difíciles experiencias respectivas con él en Reservoir Dogs y en Casino. Además, en las peleas ha colaborado el reputado coreógrafo de combates Yuen Woo-Ping. La banda sonora, con temas de Herrmann, Morricone, Zamfir, etc., vuelve a inducir mediante los cambios de textura musicales los discursivos, en asociaciones icónico-sonoras insospechadamente idóneas, el humor sigue siendo estrafalario, y algo más melancólico, y, en definitiva el filme oscila entre un ensayo sobre la cultura popular cinematográfica y un caro ejercicio de estilo, más allá de sustanciar el deliquio de los veteranos, los neófitos o los conversos a la serie B.
Hay quien no aguanta la violencia cinematográfica, y menos si es tan estilizada como aquí, y menos si carece de horas de vuelo, digo de pantalla, oriental. Pues no le vamos a mentar el delirio rabioso de Takashi Miike, no sea que le dé el pasmo. El problema es el de siempre, el de querer ver sólo un tipo de cine, o no. Pues no, se pueden ver naruses y tarantinos, la cosa es exigir siempre lo mejor en cada registro. Y a vivir, mientras no te corten la cabeza. Ya lo ha dicho Isabel Coixet: Para mí, el ideal femenino en estos momentos es Uma Thurman en Kill Bill. Una mujer con una katana que mata a cientos. Ya sé que no es políticamente correcto decirlo, pero yo siento un subidón de adrenalina viendo aquello. ¡Ya estoy harta de ver a tanta mujer sufriendo!
Juan Miguel Perea
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Juan Miguel Perea
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