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La poesía de Duvivier

FICHA TECNICA

Título original: “Haceldama ou le prix du sang”, Francia, 1919.
Titulo español: “Haceldama o el precio de la sangre”.
Dirección, guión y montaje: Julien Duvivier.
Producción: Gaumont.
Fotografía: Gaston Aron y Julien Duvivier..
Duración: 75 min.
Género: Western.

FICHA ARTISTICA: Camille Bert, Severin Mars, Jean Lorette,
Pierre Laurel, Suzy Lile, Yvonne Brionne.







Como aperitivo Nosferatu nos prepara tres peliculitas de Jean Durand ambientadas al piano por Javier Pérez de Azpeitia. Una de las sesiones más frías de cine que recuerdo, por la temperatura de la sala (no estaríamos a más de cinco grados) y por la escasa presencia de público. Se ve que el cine mudo no está entre las preferencias de los donostiarras y menos si hace referencia al western. Fueron tres piezas curiosas a modo de pequeña muestra de lo que fue la elaboración masiva de productos de consumo y entretenimiento a la americana en los primeros años del siglo XX.

Las tres copias de Cinemateque Français-Gaumont fueron de una calidad excepcional. “Pensaison â Jefferson City” es una obra de pioneros (1905), un encargo del empresario Joe Gaumont al realizador parisino Jean Durand de la cual no hay mucho que decir. Una pequeña historia de supuesta traición entre los compañeros de trabajo Bill y Burton en una mina, con repentino e incomprensible desenlace. Tampoco me causó impacto alguno la visión de la segunda obrita, “Calino veut étre cow-boy” (1911), una de los varios trabajos que Durand dedicó a este personaje. En esta caso, y aprovechando los decorados tipo “Saloon del far west”, muestra al bueno de Calino jugando a ser vaquero con desquiciantes resultados. En un tono también burlesco pero, a mi juicio, más digno, nos presenta “Onésime sur le sentier de la guerre” (1913).Nos relata la enésima peripecia de Onésimo, un tipo francamente parecido a su contemporáneo Charlot, bombín y bastón incluidos, que ha de toparse en su camino con un personaje próximo a Curro Jiménez y una tal Carmencita, de la que se enamora. Pero existen unos malvados indios de la Tribu de los Pies de Aceite que campan a sus anchas por unos paisajes más parecidos a Las Landas que al Oeste norteamericano. Onésimo logra zafarse de los desalmados mediante una calamitosa colección de fuegos artificiales, lo que le cuesta la cabellera. Pero Onésimo termina victorioso la empresa y Carmencita trae al mundo una interminable colección de niños.

Llegamos al plato fuerte, el considerado primer largometraje de Jean Duvivier: “Haceldama o el precio de la sangre” (1919). Este realizador natural de Lille en 1896 -año en que nació mi bisabuela Genoveva-, considerado como uno de los más importantes directores del cine francés de todos los tiempos, es autor, entre otros, de títulos tan conocidos como “Don Camilo” (1951) o “Diabólicamente tuyo” (1967) y cuenta con cerca de setenta largometrajes en su haber a lo largo de seis décadas, de los cuales veintidós son silentes, llegando a rodar en cuatro continentes y gozando de gran éxito en Hollywood por las películas que rodó durante la Segunda Guerra Mundial (“Tales of Manhattan”, 1942 y “Flesh and fantasy”, 1943).

En “Haceldama” se nos narra a través de cuatro partes la historia de un joven que acude en busca de Landry Smith, presunto responsable del suicidio de su padre, coincidiendo por el camino con el gaucho Hill, un maleante tan sólo preocupado por arrebatar la fortuna a aquél, con la inestimable ayuda de la ama de llaves y vieja amante del vaquero, Kate. La unión de los destinos de los dos protagonistas no tarda en producirse en las proximidades de Correze, una población en plena selva francesa. Con la ayuda de pocos pero inteligentes intertítulos, Duvivier nos introduce en el drama de los personajes, rastreando sus pasados.

En esta su ópera prima aparecen muestras inequívocas de su carecer polifacéticoToda la película destila elegancia y deja traslucir minuciosos estudios de situación, consiguiendo una bella fotografía, tanto en exteriores (en ocasiones sus paisajes recuerdan a los de Renoir) como interiores. Emplea el recurso de virados de color sobre el blanco y negro, realzando así los diferentes ambientes y diferenciando las escenas. En cuanto al manejo de la cámara (tarea de la que el propio director se encargaba personalmente, junto a su habitual Gaston Aron), brillan en el filme abundantes aciertos impropios en muchos de sus contemporáneos y por lo cual me atrevo a decir que Duvivier fue un auténtico precursor: giros de cámara, travellings, desenfoques provocados para dibujar emociones, primeros planos buscando expresividad, capturas de luz y contraluz, planos-contraplanos cortos y rápidos para aumentar la tensión, curiosos fundidos encadenados, un acierto asombroso a la hora de elegir las lentes que mejor captaban sus intenciones, etc. Resulta llamativa la escena previa al intento de homicidio de Landry Smith antes de las campanadas de medianoche, en la que el director introduce altas dosis de suspense.


Quizás alguno se lleve las manos a la cabeza por esto, pero sería interesante replantearse la hegemonía del cine alemán dentro del Expresionismo y la eterna asociación de ideas entre impresionismo y cine francés. Pero no sólo fue un fotógrafo sensacional, sino que también brilló prematuramente como escenógrafo, o más propiamente, como “arquitecto de decorados”. Se observan huellas de su paso por el teatro, sobre todo en la dirección de actores, que bordan sus papeles. Y para que todo ello hilara bien, realizó una estupenda labor de montaje. Todas estas virtudes del francés fueron alabadas por dos admiradores confesos de su obra: Orson Welles e Ingmar Bergman. Podríamos discutir el nivel técnico de su trabajo pero parece innegable la poesía que ponía a sus películas.

La estructura dramática de esta obra es perfecta, sobre todo atendiendo a la fecha en que fue realizada. Con la sola fuerza de la imagen logra transmitir numerosas sensaciones. Duvivier logra convertirse en un “ojo vigilante” de aquello que sucede dentro de las cuatro paredes. Suele decirse de este hombre que “no tenía un estilo, tenía estilo”, un artista versátil y elegante que ocupa uno de los lugares de honor de la Historia del Cine. Insisto en que, a mi juicio, es un primer largometraje de lujo, una obra a tener en cuenta por su modernidad y que ha envejecido como los buenos vinos.


David Román




David Roman Loinaz
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