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LISTA DE ESPERA, de Juan Carlos Tabío,

LISTA DE ESPERA. Cuba-España-Francia-México, 2000. Castellano, color, 102 m. Dirección: Juan Carlos Tabío. Intérpretes: Vladimir Cruz, Thaimi Alvariño, Jorge Perugorría, Saturnino García, Alina Rodríguez, Antonio Valero. Guión: J. C. Tabío y Arturo Arango (basado en el cuento homónimo de A. Arango). Fotografía: Hans Burman. Montaje: Carmen Frias. Producción: Gerardo Herrero, Camilo Vives y Thierry Forte.

Así como una rosa, por definición, es toda flor con olor a felicidad de alta graduación, una isla es una isla es una isla, o sea, una metáfora rodeada de significados por todas partes. ¿Y Cuba, ese debate rodeado de dilemas, es acaso como esta estación de autobús junto al mar de la que todos desean marcharse, algo tan verosímil como impracticable? Pues sí, claro -pero sólo en parte-, que para eso tiene moraleja esta fábula surrealista, deudora explícita de El ángel exterminador buñueliano, de la coralidad que Berlanga hizo rasgo de estilo, y, cómo no, del compromiso de Tomás Gutiérrez Alea, el maestro cinematográfico y vital de Juan Carlos Tabío. Juntos hicieron Fresa y chocolate y Guantanamera, y ahora vuelve Tabío a lo que apuntaba en 1987 en Plaff.

Esta estación tiene baluerna, palabra ausente de los principales diccionarios y que designa a cualquier librería de estación. La baluerna está desvencijada, como la estación, como la metáfora, como los viajeros, casi casi hasta el mar Caribe parece desvencijado. Mucha madera suelta. Y prende la chispita del amor, la aviva el tiempo, se va templando la ilusión... El interés individual -yo voy el primero, no se me cuele usté- coopera circunstancialmente en el objetivo común -que ande ya la guagua-. La evolución del discurso no la da la progresión del amor, que también la hay, sino la del objetivo -que ande la estación, que ande la metáfora ya puestos, repintémoslo todo-, que no es otro que hacer sentir comunidad entre quienes hasta ayer eran sociedad. Compañero o ciudadano: en las situaciones límite hay que elegir. Hasta los fariseos eligen.

Es cierto que la modestia de la producción no permite alardes, y que algún simbolismo es demasiado evidente -la falsa ceguera, por ejemplo-, algún parlamento impostado -la ejemplaridad del entrañable personaje de Saturnino García-, pero también que Tabío sabe muy bien qué tono darle a cada escena, haciendo calar como sirimiri la gravedad del drama, el malhumor incluso, bajo la liviandad sonriente y cómplice. El buen humor ante las desgracias es muy recomendabble para superarlas, pero hasta cierto punto. Tabío se sitúa justo en el quicio de ese punto. ¿Dónde estamos nosotros? Sobre todo, ¿desde dónde lo vemos?

Recordemos que también la mirada es del material con que se fabrican los sueños. Y no digo más.

Juan Miguel Perea




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