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MACHUCA, de Andrés Wood,
Machuca
Chile-España-Reino Unido, 2004.
Dirección: Andrés Wood.
Guión: Roberto Brodsky, Andrés Wood y Mamoun Hassan.
Fotografía: Miguel J. Littín.
Música: José Miguel Miranda y José Miguel Tobar.
Montaje: Fernando Pardo.
Duración: 120 minutos.
Estreno: 11 de junio de 2004.
Intérpretes: Matías Quer (Gonzalo Infante), Ariel Mateluna (Pedro Machuca), Manuela Martelli (Silvana), Aline Küppenheim (María Luisa), Federico Luppi (Roberto Ochagavía), Ernesto Malbrán (Padre McEnroe), Tamara Acosta (Juana), Francisco Reyes (Patricio Infante).
· El cine chileno ha sido históricamente débil, más parejo en sus estructuras de producción al colombiano o al venezolano que a los más potentes argentino, brasileño y mexicano. Tras la llamada de atención que supuso La frontera, de Ricardo Larrain, algo ha cambiado, sin embargo, en los últimos años. Silvio Caiozzi, el autor de La luna en el espejo, presentó en 2000 Coronación, adaptación de la gran novela de José Donoso. En 2001 Taxi para tres, de Orlando Lübbert, ganó la Concha de Oro en Donostia, y tuvo éxito popular en su país, aunque no tanto como la ingeniosa comedia El chacotero sentimental, el film local más visto en la historia del cine chileno, o Sexo con amor (Boris Quercia, 2003), que convocó a más de un millón de personas, tal que Titanic. En realidad, la recuperación del cine chileno comenzó con el éxito de la ópera prima de Andrés Wood, Historias de fútbol (1997), compuesta por tres relatos que miran desde el punto de vista de los excluidos, del deporte rey y de casi todo. Ahora, su tercer largometraje se ha estrenado en España con 20 copias, llegará a Chile el 5 de agosto con 28 copias y luego se exhibirá en al menos nueve países, entre ellos Francia, Italia, Gran Bretaña y Turquía.
· Andrés Wood (Santiago de Chile, 1965), licenciado en Ciencias Económicas, estudió cine en la Universidad de Nueva York, y tras dos cortometrajes (Idilio, 1992, y Reunión de familia, 1994) ha rodado una miniserie televisiva (El desquite, 1998, basada en la obra de Roberto Parra) y tres largometrajes, que han participado en distintos festivales internacionales y han obtenido menciones y premios en Huelva, San Sebastián, Lleida, Cartagena, etc., singularmente La fiebre del loco (2001), su segundo filme.
· Machuca ha participado en la Quincena de los Realizadores del último festival de Cannes, y es el primer filme de ficción que recrea la época del golpe de Pinochet (que por su parte Patricio Guzmán ha documentado magistralmente). Wood ha partido de Los últimos días de la historia (Ediciones B Chile, 2001), de Roberto Brodsky [Santiago de Chile, 1957; ha publicado también El peor de los héroes y es coautor de las obras teatrales Lily, yo te quiero, Homenaje al surrealismo y La pieza que falta], y de sus recuerdos; en 1973 él tenía ocho años y compartía curso, por iniciativa del director de su colegio, un cura estadounidense progresista, con alumnos de varios poblados chabolistas. Sobre la amistad que nace entre su trasunto rico, Gonzalo Infante, y el pobre y valiente Pedro Machuca, llena de descubrimientos y sorpresas, se construye el relato, cuyo otro vértice es Silvana, la cómplice niña-adolescente, de mayor conciencia social e inteligencia afectiva. A través del micromundo escolar, que Wood remite a los de Jean Vigo, François Truffaut o Louis Malle, cuya ¡Adiós, muchachos! homenajea explícitamente, se plantea la fractura social que vivía –no ha terminado de hacerlo- Chile, dividido abismalmente entre allendistas y pinochetistas. El muro velado que divide a Gonzalo y a Pedro se quiebra mientras el drama nacional se vive en el nivel familiar (el padre de Gonzalo es un apaciguador que piensa exiliarse, la madre adúltera secunda a la burguesía rabiosa y boicoteadora), y junto a un caótico mundo de adultos que se comportan infantilmente los once años de Gonzalo viven su primer atisbo erótico.
· Aquí los niños no juzgan, son testigos, pero ni Wood ni nosotros olvidamos que el golpe de Estado trascendió al país y globalizó el choque de clases sociales: Me parecía que hacer esta película era algo absolutamente necesario (...) Era un proyecto ambicioso, pero el peor pecado hubiera sido intentar decirlo todo. Sí quedan claras la solidaridad y el entusiasmo indefenso de los tres chicos, muy bien retratados, y la resolución del conflicto: la traición a la amistad, a la familia y al país, la tremenda caída de la inocencia. Gonzalo, por miedo, reconoce los prejuicios de los que creyó poder desprenderse, y sobrevive... ¿en qué mundo? Qué más da si los secundarios están apenas delineados, si el final, los finales, no respiran bien en su secuencia: el corazón de la memoria nos mira desde allá lejos, allá dentro. Y lo vemos aquí, por suerte, aún.
Juan Miguel Perea
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Juan Miguel Perea
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