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MELINDA Y MELINDA, de Woody Allen,
Melinda y Melinda (Melinda and Melinda)
EE.UU., 2004.
Dirección: Woody Allen.
Guión: Woody Allen.
Fotografía: Vilmos Zsigmond.
Montaje: Alisa Lepselter.
Vestuario: Judy Ruskin Howell.
Diseño de producción: Santo Loquasto.
Producción: Letty Aronson.
Duración: 100 minutos.
Estreno: 29 de octubre de 2004.
Intérpretes: Radha Mitchell (Melinda), Amanda Peet (Susan), Will Ferrell (Hobie), Chiwetel Ejiofor (Ellis), Johnny Lee Miller (Lee), Chloë Sevigny (Laurel), Wallace Shawn (Sy), Josh Brolin (Greg).
Inauguró el último Zinemaldi, acaba de editarse en DVD y Allen va a presentar su siguiente título en Cannes; hay que volver a destacarla, y volver a verla con preferencia a otras suyas recientes, para apreciar los giros, que no quiebros, de su trayectoria.
Melinda suena a canción, Ah, Melinda, Melinda..., por ejemplo acompañada de mandolina, por proximidad fonética, al fin y al cabo Allen ha dicho que elige los nombres de sus personajes según le sean más fáciles de teclear... Y las mejores canciones, del Flow my tears del isabelino Dowland al Ne me quitte pas de Brel, pasando por los tilos y caminantes schubertianos, son lastimeras, lo gozoso ha quedado más bien en la danza. Woody Allen también tiende a una visión pesimista de la existencia, pero aquí tiene el detalle de dejarnos elegir, planteando dos versiones de una misma trama coral de amores románticos y frágiles, matrimonios e infidelidades, mezclas de sentimientos e intereses, neurosis comunicativas y tensiones entre identidad y moralidad, es decir otra variante de sus temas habituales, en su sempiterna Nueva York: el SoHo, Greenwich Village, el Upper East Side y Central Park... Adelanto que a mi juicio es la mejor entrega de Allen desde Acordes y desacuerdos, aunque no se acerca a Maridos y mujeres y Desmontando a Harry, las mejores de los años noventa.
En la primera secuencia, en una mesa del restaurante Pastis los dramaturgos Max y Sy -Wallace Shawn, que lo es en la vida real, además de buen actor-, comienzan a barajar sus criaturas, como Laurence Olivier en aquella de dioses olímpicos, bajo máscaras trágicas el optimista Max y bajo cómicas el pesimista Sy (Nos reímos porque así ocultamos nuestro verdadero terror a la mortalidad). A partir de ahí se desarrollan los dos planos narrativos, vinculados por Radha Mitchell, la única intérprete que comparte la doble hélice de las peripecias de su enigmático personaje Melinda: llega de improviso a una cena de amigos (amigos o vecinos –Will Ferrell es en esta ocasión el trasunto del personaje típico de Allen-, actores o cineastas a la busca de un papel o financiación, surgen los malentendidos, se enamora y se enamoran de ella (personas distintas, ay, esos pianistas carismáticos), hay terribles descubrimientos o embarazosos silencios...
Aquí es preciso citar a Valle-Inclán: si el autor está dominado por sus personajes, tiene una tragedia, si los mira a su propia altura, un drama, y si los ve en un plano inferior, una comedia. La perspectiva de Max y Sy correspondería aparentemente a lo último, en cuanto los utilizan para sostener sus respectivas tesis sobre la controvertida e irresoluble naturaleza humana, pero no se nos escapa que realmente son el anverso y el reverso vicarios de la del propio Allen, que como enseguida sospechamos está interesado en no soslayar los elementos cómicos de lo dramático ni viceversa, generando en nuestra imaginación un tercer registro más ambiguo aún y que participa de los dos explícitos.
Por otra parte, los procedimientos de reiteración de situaciones o lugares (como el rústico subterráneo del restaurante Il Buco), las inversiones de lo mismo, y los resaltes visuales de las diferencias entre las dos versiones (mediante algunos elementos de diseño contrapuestos, y un menor movimiento de la cámara, con ángulos más cerrados y más sombras, en las escenas dramáticas; por primera vez, por cierto, colabora con Allen, tras sus etapas con Gordon Willis y Carlo di Palma, recientemente fallecido, y de probar con varios operadores, el gran Vilmos Zsigmond), pueden inclinarnos a prestar más atención a la evolución de los tratamientos, la apuesta estructural del filme, que a la de la sencilla historia narrada, que se resiente de estilos actorales heterogéneos, entre los que destacan los de Radha Mitchell y Chiwetel Ejiofor.
Hay un final feliz, adivinen de qué lado cae, aunque ninguno pueda serlo permanente; la moraleja, antes de los créditos en los elegantes tipos Baskerville, la explicita Sy, formulando a su modo el clásico ¡carpe diem!
© Juan Miguel Perea
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Juan Miguel Perea
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