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Perdido por los senderos de Rashomon,
TITULO ORIGINAL "Rashomon" (Japón,1950)
DIRECCION Akira Kurosawa.
PRODUCCION Daiei.
GUION Shinobu Hashimoto y Akita Kurosawa
sobre el relato de Ronosuke Akutawa.
FOTOGRAFIA Kazuo Mayagawa.
MUSICA Fumio Ha-Yasaka.
INTERPRETES
Toshiro Mifune Bandido Taja-Maru.
Masayuki Mori Samurai Tachejiro.
Machiko Kyo Su esposa Masago.
Takashi Simura El leñador.
Minoru Chiaki Bonzo.
Chijirico Ueda Criado.
Fumiko Honma Medium.
Daisuke Katô Policia.
Antes de nada, Donostilandia quiere felicitar una vez más a Donostia Kultura por la deliciosa ocurrencia de proyectar en nuestra ciudad la obra completa -al menos la que se conserva en nuestros días- del realizador Akira Kurosawa.
Tendremos cine del nipón hasta junio de 2004, osea, para hartarnos. Hace ya unas semanas arrancó el ciclo con un cierto desorden cronológico, con el pase de "Kagemusha, la sombra del guerrero", una película rodada en 1980 y que continúa hoy por hoy sin tener una opinión favorable unánime. Posteriormente sí que se visionaron en ortodoxo orden de filmación "Sugata Sanshiro" (1943) y "Shizukanaru Ketto" (1949), siendo esta última un curioso ejercicio naturalista por parte de Kurosawa que, en mi modesta opinión queda muy por debajo de sus obras capitales de los años cincuenta.
Quiero detenerme especialmente en una de las cumbres creativas del genio del sol naciente, “Rashomon”, a sabiendas dela interminable literatura que se ha vertido en torno a ella, desde el punto de vista filosófico, semiótico, teatral o puramente cinematográfico. Pero no he podido evitar la tentación de unirme a la nutrida lista de admiradores de la obra.
Ver Rashomon es una caricia a los sentidos, un placer terrenal que depara grandes emociones. Ciertamente soy una persona caprichosa, enamoradiza, maniática y quedona, y he de reconocer que me he prendado de esta perla del celuloide. Tan aficionado soy al cine como al teatro, la literatura o la pintura, entre otros, y es por ello que encuentro tantas satisfacciones en este largometraje del realizador japonés: un guiño al Kabuki, aromas shakespearianos, discursos morales propios de la tragedia griega, lecciones de composición pictórica según los cánones clásicos,... Un sinfín de evocaciones, de demostraciones de su genialidad que hacen imposible el relajo y mantienen vivísima la atención. Se popularizó la costumbre de llamarle el “Ford japonés” a lo que responderé algo que no gustará a los fordianos: Ford me cansa, Kurosawa no.
Es admirable la capacidad de Kurosawa de jugar con el espectador. Juega con sus emociones y con sus sensaciones visuales. De lo que más se ha hablado de esta película es de la relatividad de las cosas, de la inconsistencia de las cosas, de la imposiblidad de hallar la verdad absoluta, pero menos nos referimos a la manera de contar esos pensamientos. Para ello, Kurosawa nos engaña, nos embauca (que es en definitiva en lo que consiste básicamente el cine), emplea cambios bruscos en su técnica narrativa. Vamos del plano-contraplano al plano general, del plano abierto al cerrado, aparecen ingeniosos planos oblicuos que resaltan la subejetividad de aquello que vemos, tanto como lo es la visión de las cosas según el personaje que describe la situación; pasa de sucesivos planos cortos a planos secuencia o largos y complicados travellings en redodondo de impecable ejecución; tan pronto suenan partituras de inspiración clásica europea como brotan frescas melodías tradicionales niponas; vemos a un monumental Toshiro Mifune (prolífico trabajador, con más de 120 películas en su haber) con unos registros mímicos fenomenales y con una teatralidad y risa sardónica ya famosas dentro de la Historia del Cine y a un rodado Takashi Shimura - al que vemos en “El idiota” (1951), “Vivir” (1952), compartir cartel con Mifune en la archiconocida “Los siete samurais” (1954) y protagonizar varios títulos de la saga de “Godzilla” -. Todos los personajes están diabólicamente bien dirigidos, entrando y saliendo de los encuadres según la lógica de la narración, mantienen prodigiosos pulsos con la mirada, transmiten el dolor que rasga el alma, ponen poesía a sus voces, magia a sus peleas a espada, “veracidad” a sus palabras. Y cobran un especial valor los silencios que le dan claro entronque con el cine mudo del que tanto aprendió Kurosawa.
También me gustaría resaltar el mérito del montaje, pues no sólo hace Kurosawa un alarde en la composición de los planos, sino que los hila de manera magistral, dotando al rollo de un ritmo trepidante, dando buena muestra de la importancia de una adecuada planificación antes de atacar el rodaje y acertando plenamente en la ambientación mediante flashbakcs y colocando justo en el momento adecuado secuencias memorables como lo es la carrera del leñador con el hacha a la espalda a través del bosque. Se le puede objetar una excesiva carga moralizante a la escena final del film sólo justificable por esa intención de abrir una ventana a la esperanza.
En fin, que me puedo perder por los senderos de Rashomon y no encontrar el camino de vuelta. Sólo quiero aseverar que “Rashomon” es, en mi opinión, una de las más grandes obras jamás realizadas para la gran pantalla, una pieza memorable y de visión obligada para entender por qué el cine es Arte.
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David Roman Loinaz
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