Donostilandia
Inicio »  El caminante (Jiro Taniguchi)
Categorías
  Cine
  Música
  Literatura
  Artes plásticas
  Artes escénicas
  Locales

  Galería de fotos

Opciones del artículo
Versión para imprimir
Otros contenidos publicados por Lander Bergés

Donostilandia
  Nosotros 
  Vosotros 
  Nuestro foro 







Get Firefox!


El caminante (Jiro Taniguchi)

Zen en viñetas

Autor: Jiro Taniguchi

Dibujo y entintado: Jiro Taniguchi

Título: El caminante

Título original: Aruku Hito

Editorial: Ponent Mon

Encuadernación: tapa blanda

Tipo de papel: satinado


Lugar de publicación: Barcelona

Fecha de 1ª publicación: 1992 ()

Fecha esta edición: 2004

Nº de páginas: 155

Color o B/N: B/N

Dimensiones: 17x24

ISBN: 84-933409-6-0


Si bien entre los lectores ha tenido que enfrentarse a un mayor rechazo de El caminante. En diferentes páginas web y foros especializados de opinión tachan de “historia simple en la que casi no aparecen personajes” o de “una argucia del autor que se ha quedado sin ideas y ante esta falta nos obsequia con un libro de postales”. Es posible que los autores de la críticas al leer el volumen se hayan encontrado con un manga que no se esperaban. Desde luego que estamos muy lejos de historias de temática “shogun”, es una obra que nos acerca al intimismo y a la simplicidad de la vida cotidiana; una obra que invita a detenerse para perder la mirada entre los matorrales de los parques para buscar estorninos que píen en la tarde.

Si tuviésemos que enmarcar la obra en algún género yo la catalogaría como “manga zen”. Y Zen no porque El caminante quiera enseñarnos algo al estilo de las enseñanzas budistas que recibiera el pequeño saltamontes, si no por la simplicidad del planteamiento de la historia. No se trata más que de un hombre al que le gusta caminar y pasear deteniéndose y deleitándose en las diferentes formas de belleza que le ofrece el barrio en el que vive. En esa invitación a despojarnos de toda artificialidad y orgullo para dejarnos invadir por los sonidos y las imágenes que nos ofrece la humildad de una barriada japonesa. Este es un cómic en donde no encontraremos excesivos diálogos, una de las razones por las que sospecho no se le tiene mucha simpatía a esta obra es precisamente lo superfluo de la palabra, la poca importancia que tiene frente a los rostros de los personajes y a los detalles de lo que se van observando. De hecho lo rimero que llama la atención es la sustitución de esos diálogos por onomatopeyas. Encontramos paginas sin una sola palabra pero repletas de “zas”, “pio-pio” y demás ruiditos que nos podamos encontrar en un paseo por la ciudad.

El caminante es un volumen que contiene diecisiete historias y un decimoctavo relato que hace las funciones de epílogo. En formato álbum y con tapa blanda no es la primera vez que se publica en nuestro país. Durante un tiempo la revista “Víbora” publicó los diferentes relatos por entregas y Ponent mon las ha recopilado y editado para el gusto y la suerte de los lectores.

El caminante empieza sus pasos enseñándonos su casa a la que hace poco se ha trasladado con su mujer. Están de mudanza y mientras ella sigue desempaquetando objetos nuestro protagonista empieza su primer paseo. Los pies le llevan hasta un parque pero por el camino se ha detenido a mirar las truchas que corren por el río y a un par de gatos que le sorprenden en un callejón. Mientras observa embelesado los árboles que le rodean se encuentra con un hombre que mira a los pájaros tras un catalejos. Se acerca a él y éste le permite disfrutar de la visión de la naturaleza a través de su prismático. El resto de relatos continúan en esta vía, diferentes paseos del caminante que lo llevan a disfrutar de todas las cosas secretas que hay alrededor y de las que siempre hemos querido disfrutar en occidente. “Nieva”, “trepando por el árbol”, “nadar por la noche” o “noche de lluvia de estrellas” son algunos de los sugerentes títulos que nos vamos a encontrar. Títulos que nos recuerdan a placeres olvidados con la infancia, a actitudes que se nos hacen conocidas y vividas pero muy lejanas. Apartadas del ritmo de vida al que ahora tenemos que apuntarnos. El caminante termina con el mismo protagonista veinte años más tarde retomando su afición a pasear, dándose el placer de caminar “por la orilla donde no hay ningún sendero” (El caminante, Pág. 155)

El personaje principal no nos muestra casi nada de sus rasgos interiores, el no nos explica nada sobre su persona. Adivinamos, por el comportamiento durante los paseos, que estamos ante un hombre tranquilo pero impetuoso; con mucha energía pero que sabe canalizarla. A la vez es un personaje sencillo que disfruta de las pequeñas cosas que podemos encontrar en cualquier callejón de cualquier ciudad. Además es un caminante con un sentido de la belleza muy clásico. Todo lo que ve se nos va mostrando perfectamente encuadrado en viñetas que parecen postales idílicas de lo que nos encontramos por el campo. Gusta de paisajes en los que los tejados sean las montañas de la ciudad, de subirse a árboles en los que poder tumbarse y desde donde uno puede ver toda la barriada, le encanta bañarse en una piscina en mitad de la noche o dejar que la lluvia le cale hasta los huesos. Existen otros dos personajes que aparecen continuamente en las diferentes historias. Por un lado tenemos a una chica que posiblemente sea la mujer del protagonista pero que no queda explicado. Ella es la que hace las preguntas, es la que da el pie para las conversaciones, pocas conversaciones, que se suceden en la obra. El caminante encuentra en esta mujer la persona ideal para compartir sus experiencias, nunca le acompaña, ella siempre se queda en casa o esta haciendo recados pero el caminante, además de andar para él, anda por los dos. Por otro lado tenemos a un perro abandonado al que la pareja acoge. Observador de la acción es un partícipe ideal de la misma. A ver si nos entendemos. Aquí el perro abandonado jamás da problemas, es el perro ideal para tener en un piso de ciudad, empático con sus dueños y muy capaz de transmitir estados de ánimos. Parece salido de una película de Disney en donde los canes jamás se orinan en el salón de casa.

Como ya he mencionado al principio crítica y parte del público difieren bastante en las opiniones respecto a la obra. Los lectores la acusan de ser una historia con un guión vacío y además muy difícil de seguir. Creo que la mayor dificultad de la historia de Taniguchi radica precisamente en su simplicidad. No es una historia aleccionadora, no es una fábula moderna. Esto que tenemos entre manos es un ejercicio de experimentación narrativa. Es un cuaderno de sensaciones en viñetas, es un intento de hacer poesía con las imágenes y los sonidos. Es la sencilla crónica de la belleza que un caminante se encuentra en sus paseos, y de ahí en adelante es dejarse llevar.



El dibujo de la viñetas es detallado, fino, descriptivo a más no poder. Jiro Taniguchi nos demuestra una vez más su maestría en el trazo de la líneas. El caminante nos permite disfrutar del esplendor del detalle de Taniguchi en viñetas como la del árbol (ver más adelante) en donde cada hoja está mínimamente esbozada. Es precisamente en estas viñetas “de gran formato” donde la obra alcanza sus momentos más bellos. El autor se recrea para mostrarnos visualmente escenas cargadas de tópica belleza, esto es, si nos muestra un pájaro nos lo va a dibujar como en las fotos del national geographic y si lo que quiere enseñar es una piscina por la noche, para remarcar la sensación de soledad y de insignificancia del protagonista, nos la va a presentar en plano general mientras el caminante nada en la mitad del agua. Especial mención tiene el segundo relato titulado “salida a la ciudad” porque Taniguchi se esmera más en el entintado de este episodio lo que nos permite regocijarnos en unas viñetas en donde las sombras y los claroscuros se unen a las estampas idílicas que nos ofrece. Es posible que se eche de menos el juego de las sombras en el resto de los relatos pero el trazo seguro de Taniguchi enseguida nos hace olvidar las posibilidades del relleno.

Si tuviésemos que quedarnos con lo que más nos ha sorprendido sería con el uso de las onomatopeyas. En ocasiones son ruidos que contextualizar el ambiente, en otras ocasiones nos adelantan lo que va a pasar. Siempre son la compañía perfecta para crear ambientes. Con el paso de las viñetas los sonido se convierten en los conformadores de la realidad del protagonista. No hay momento en el que el caminante se detenga a observar algo y nos llegue desnudo de ruido. Cada estampa es un momento que refleja el ambiente de quietud y de belleza con una exactitud asombrosa. Y ahí radica el mayor valor de El caminante y es que Jiro Taniguchi ha sabido retratar casi sin palabras la belleza de lo que nos rodea.

Una obra para relajarse y envidiar, para dejar volar la inspiración y la morriña de unos paseos que están esperando a que los caminemos.

El Caminante




Lander Bergés
[  Nosotros   Vosotros  ]